martes, 6 de febrero de 2018

San Carlomagno en España


El culto a San Carlomagno
En la entrada anterior vimos como el emperador Carlomagno, fallecido en 814, tres siglos y medio más tarde y de forma anómala fue ‘canonizado’ al alimón por un emperador germánico, Federico I Barbarroja, y un antipapa, Pascual III (1165).
El papa legítimo, Alejandro III, no aprobó aquel desaguisado, aunque tampoco lo anuló expresamente. Estando el papa a buenas con Francia, que ya tenía a varias personalidades regias reconocidas como santas, ¿qué sentido tenía borrar del calendario a otro santo rey franco? Eso sí, el fino canonista que fue aquel pontífice reforzó la exclusiva papal en este negocio, y al modelo de santo imperial gibelino opuso su propio modelo de santidad güelfa, en la persona de un mártir de la Iglesia frente al Estado: santo Tomás de Cantorbery.


Del Martirio de Sto. Tomás Becket  - Tarrasa
A fines de diciembre de 1170 caía asesinado Tomás Becket en su propia catedral de Cantorbery. Un pique de jurisdicción le había puesto en desgracia de su rey y antiguo amigo Enrique II. Cuatro años más tarde Alejandro III le declaraba santo, en otra canonización política de signo contrario a la de san Carlomagno. Y este nuevo santo Tomás sí que fue pronto popular, con su tumba como meta de peregrinos, y con pinturas de su martirio en muchas iglesias. Una de las primeras, Santa María de Tarrasa (Cataluña). Los Cuentos de Cantorbery (h. 1387) son una serie narrativa inmortal, vertebrada en el encuentro del autor, Jofre Chaucer, con otros treinta personajes en la ‘Posada del Tabardo’, peregrinos todos a Tomás de Cantorbery.
El destino santoral de Carlos fue muy diferente. Por de pronto, con su canonización en el siglo XII, era de rigor escribirle una biografía nueva, ajustada a su nuevo papel de santo. La que le hicieron al buen hombre como santo de hornacina o de lectura piadosa es tan absurda, que los padres Bolandistas, en su gran colección Acta Sanctorum, se negaron a reproducir el texto, sólo los títulos de capítulos, para dar idea [1].
La implantación de una fiesta implicaba un oficio litúrgico, que incluía una o tres lecciones (lecturas) de carácter ‘histórico’, entiéndase, en sentido puramente formal, sin la menor criba crítica. Por eso la palabra legenda –literalmente, ‘lo que se debe leer’– dio en leyenda, ‘lo que no se puede creer’. Para la leyenda oficial de Carlomagno se eligieron sobre todo dos temas imaginarios:
1º. Su misión divina como campeón de la Fe cristiana contra los musulmanes o ‘sarracenos’.
2º. Su misión divina como peregrino, desde Oriente a Occidente.
Del mismo siglo XII es la Historia Carolina del falso Turpín. El supuesto «arzobispo de Reims y asiduo compañero del emperador Carlomagno en España», dedica su obra a Leoprando (Luitprando), deán de Aquisgrán, que le ha pedido le cuente
«cómo nuestro famosísimo Carlos el Grande liberó el suelo hispánico y gallego del poder de los sarracenos españoles…, y los triunfos que yo mismo vi en catorce años de andanzas por España y Galicia».
Y tras enumeración pasmosa de conquistas por toda la Península y Baleares, añade el novelador:
«Algunas de las ciudades citadas ya las habían conquistado, antes que Carlomagno, otros reyes galos y emperadores teutónicos (sic); las cuales luego se convirtieron al rito de los paganos, hasta que él vino… Carlomagno en su tiempo sometió a España entera».

Dicha Historia de Turpín se insertó tal cual en el Libro de Santiago (Códice Calixtino), porque Carlomagno también peregrinó a Compostela, como había peregrinado a Jerusalén y Constantinopla, con cosecha de notables reliquias. Pura fantasía, por supuesto. Y es que todo un Carlomagno tenía sus medios de seducir la imaginación popular [2].
El culto al nuevo santo estaba pensado sólo para la capilla palatina de Aquisgrán. De allí se extendió a la ciudad y a otras iglesias de Alemania, Francia, Bélgica, Suiza…; pero no por  Italia ni Inglaterra. Luis XI, el San Luis de Francia, fue gran devoto de su antepasado e implantó la fiesta en todo el reino de forma perentoria. En 1488 los estudiantes de la nación alemana de la Universidad de París eligieron como su patrono a San Carlomagno, supuesto fundador de la Universidad, la que ya en el siglo XVI declaró su fiesta como de guardar, y esto se confirmó en 1661. El movimiento católico francés del XIX rescató también esta antigualla, nombrando a San Carlomagno patrón de los escolares.
En España, Carlomagno fue sobre todo el héroe de gesta, y como tal entra en la cultura popular. Lo refleja muy bien el Quijote en el episodio del Retablo de Maese Pedro [3]. No entró en cambio en la devoción del pueblo, salvo excepciones. Carlos V le nombró protector de su real Casa, junto a San Luis (25 de agosto), y en el pomo del centro imperial, rematado por la figura de Carlomagno, hizo grabar su condición de santo: SANCTUS KAROLUS MAGNUS.






San Carlomagno en El Escorial
La recuperación de San Carlomagno para el culto cortesano español, en su más descarada función política, fue empresa de mi admirado Esteban de Garibay, que se empleó a fondo en sus habilidades de genealogista para demostrar los derechos de Felipe II al trono de Francia [4]. En 1591, Garibay  presentó al rey el manuscrito de sus Descendencias Reales, donde las líneas de entronque del rey de España con la realeza gala eran 80 («cosa no vista ni oída hasta hoy»), aunque ofreció «subir aquellas líneas a ciento, y así lo hice». En efecto, ahí están los raros ejemplares de las Ilustraciones genealógicas, publicadas a expensas de don Felipe II y dedicadas al príncipe don Felipe III [5].  
Pero nuestro autor era lo bastante discreto para no apropiarse la idea de festejar a San Carlomagno. Según él, «la que en España ha comenzado a introducir la celebración de su santa fiesta» era la emperatriz Dª María de Austria (1528-1603), hermana de Felipe II, mujer que fue del emperador Maximiliano II, la que desde 1580 vivía su viudez con las monjas de la Consolación de Madrid (‘Descalzas reales’).
Lo que sí pretendió el mondragonés –y esto lo cargamos a su cuenta– fue el imposible de hacer comulgar al pueblo llano con la devoción áulica a un personaje tal vez santo, pero más bien gracioso y divertido en sus heroicas peripecias. El pueblo quiere santos útiles, sanadores, protectores, socorristas. ¿Que Carlomagno «hizo bautizar tres millones de hombres y mujeres de varias naciones»? Pues qué bien; pero sin olvidar que otras tantas bajas, más o menos, causó en la morisma. ¿Que «el día de su ‘rotura’ (derrota) de Roncesvalles se detuvo el sol a la tarde casi tres horas, por sus oraciones, hasta que pudo enterrar a los muertos en ella»? Hombre, mejor y más original lo de Josué, que hizo parar el sol y también la luna para seguir matando enemigos, según la Historia Sagrada [6]. Al pueblo no le movía un san Carlomagno de estampita, «que en su gloriosa muerte se oyeron cantos de ángeles» [7].
Volviendo al empeño de Garibay con este santo, él mismo dice que recomendó a Felipe II
«fuese servido de tratar con Su Santidad, que cada año perpetuamente se celebrasen en su corte real en estos reinos, en 28 de enero, la fiesta del glorioso emperador san Carlos Magno».  
También dijo al rey –con evidente hipérbole sobre la magnitud de la basílica de El Escorial–,
«que en aquel su gran santuario, el mayor que la Iglesia católica había tenido, desde San Pedro hasta hoy, debía dedicar un altar a los santos canonizados, sus progenitores: … el segundo, el glorioso emperador san Carlos Magno...»
Y como cinco imágenes valen cinco veces más que una sola, el propio Garibay con su acostumbrada prontitud facilitó al arquitecto Francisco de Mora, colaborador de Herrera,
«cinco trazas de retablo conveniente a mi parecer para los dichos santos progenitores de su Majestad… Añadí en ellos al santo rey de Castilla y León don Fernando III, como descendiente del emperador san Carlos Magno, y a la santa reina de Aragón doña María…, mujer del rey don Pedro II, como progenitores de su Majestad. Y señalé», etc. etc. [8] .
Nunca me acuerdo de mirar en El Escorial si se hizo algo de estas propuestas de Garibay. El único san Carlomagno que recuerdo allí está pintado en la bóveda del coro, en una banda lateral de la sosísima gloria de Luca Cambiasso (1583), inspirada tal vez en la Cámara de los Lores de aquel tiempo, sustituidas las bancadas por fardos de lana como el que servía de asiento al Lord Speaker británico [9].
El Gran Carlos está allí sentado  junto al papa san León III, que le coronó emperador, y al lado de un ángel músico que rasca el cello. Todos tres un piso encima de Carlos V, que ni arrodillado cabe en su cuchitril sin darse de cabeza contra aquellas nubes sólidas. Garibay vivió para verlo, pero como no iba con él, nada dijo, según su costumbre.
San Carlomagno en Gerona
De toda España, la ciudad más vinculada a Carlomagno por razón de culto litúrgico fue sin duda Gerona. Una tradición basada en el Carlomagno épico y apócrifo le atribuía la reconquista de la ciudad y la fundación de su catedral. Fue el obispo don Arnaldo de Montrodón (1335-1348) quien decidió sacar partido de San Carlomagno para mayor lustre de su iglesia. Este prelado estaba convencido de que Carlomagno había sido el creador de la diócesis, «nuestra amada esposa», y «fundador de casi todos los conventos de ella» [10].
El edicto del obispo de Gerona se produjo en abril de 1345. Con la fiesta, mandó componer un oficio litúrgico y dispuso que la Capilla de los Cuatro Mártires en la catedral estuviese presidida por una estatua del emperador Carlomagno. De todo esto, lo más interesante es la estatua, como también la parte más peculiar del oficio propio: las ‘lecciones históricas’ de los maitines.
Estas lecturas dan una versión convencional sobre la pura y vaga reminiscencia de una conquista carolingia de Gerona en 785, inicio de lo que será la Marca Hispánica. Aunque en ella no pudo intervenir Carlos en persona, su presencia es imprescindible –incluso como el emperador que todavía no era–, para un relato que  se adorna con motivos legendarios y apariciones: De Santiago apóstol, urgiéndole a reconquistar España y «subyugarla a la fe católica»; visión de María con el niño Jesús, con san Andrés y Santiago («primo de Cristo»); y durante el cerco de Gerona, visión de una gran cruz roja y goteo de sangre, como anuncio de que la ciudad va a caer.
Por otra parte, el relato de las lecciones se ajusta a un plan estratégico de campaña, partiendo de la toma de Narbona («donde comienza España»), hasta la última etapa previa al cerco de Gerona, con la victoria de Amer, a 4,5 leguas del objetivo. Amer, recordemos: la patria chica de eso otro Carlos, de cuyo apellido mejor ni acordarnos. Lo que importa más al que compuso esas ‘lecciones’ es que Carlomagno iba marcando cada etapa con la fundación de una iglesia o un convento. ¡Ah!, casi olvido que en esta expedición venían Rolando y el arzobispo Turpín, que también dejaron fundaciones piadosas.
Pero ojo, porque la leyenda fundacional pudo no ser toda inventada. Como advirtió Fidel Fita, las noticias del breviario se tomaron de la Crónica de Ripoll, con un relato similar compuesto en el siglo XII y relativo a la catedral de Tarragona, no la de Gerona.
¿Apropiación indebida? Pues tal vez no. La Curia Episcopal de Gerona en tiempos del obispo Montredón todavía poseía uno de los cartularios y registros más ricos del mundo, según dicen, comparable al de papas y reyes. Por desgracia, todo ardió en la noche del 22 de diciembre de 1469, por la mano de los payeses remensas sublevados contra sus señores, entre los que se contaban obispos y cabildos. El vicario general Andrés Alfonsello levantó atestado del desastre, y por el sabemos que allí hubo documentos y títulos que hablaban de la reconstrucción y dotación de la catedral por Carlomagno. Auténticos o falsos, eso ya no se puede determinar. Sin embargo, el mismo Fita, citando a Pedro de Marca, remite a una capitular franca de Luis el Piadoso (834), donde se habla de donaciones de Carlos a la Iglesia de Gerona [11].
La fiesta de San Carlomagno en Gerona se hizo rutinaria, como tantas, y para animarla y hacerla popular en 1473 se introdujo un sermón panegírico. Así fue hasta 1484, año más o menos, en que un breve del papa Sixto IV ordenaba suspender sine die el oficio de San Carlomagno en Gerona.
Dicho breve nunca se ha encontrado, ni siquiera se conoce su texto. Es por tanto difícil saber el motivo de una prohibición tan inusual. Seguro que no fue por las ‘lecciones’ fabulosas de maitines, pues infundios tales estaban a la orden del día en todo el calendario. Cabe la hipótesis de un malentendido a cuenta de algún diezmo. Sin llegar a lo de que «el Papa nos roba», tal vez el cabildo gerundense se permitió algún trabacuenta, y Sixto se enfadó. No hubo manera.
En adelante, la fiesta se redujo al sermón de San Carlomagno en su capilla, que siguió conservando la estatua en su sitio. Hasta que otro obispo de Gerona, don Tomás Sevilla y Gener (1878-1906), abolió por decreto todo resto de culto, retirando incluso la estatua del ‘santo’. El erudito francés J. Coulet dice que la vio (1902), ya retirada, en un armario de una sala vecina a la Capitular. Muy conspicua no debía de estar, cuando la describe como «una estatua de madera pintada, de arte bastante naíf y torpe, sin gran interés» [12].
La estatua en cuestión, de alabastro policromado, se muestra en el museo de la Catedral de Gerona. Más bien pequeña (85 cm), le falta la mano derecha desde el antebrazo, y con la izquierda se agarra el cinturón del tahalí, de donde cuelga la espada envainada. Detalle significativo: los pies se apoyan sobre cuatro animalejos monstruosos, en representación del ‘áspid y el basilisco, el león y el dragón’, según  texto que ya vimos del Salmo 90.
Carlomagno en Navarra
No he visto información sobre el culto a san Carlomagno en Navarra. Leo vagamente  que se celebró su fiesta hasta el siglo XVIII. Podría ser influencia francesa.
El derribo de las defensas de Pamplona por Carlomagno (778) es un hecho histórico, aunque adobado de leyenda: no pudiendo demoler muros tan fuertes, se cayeron solos, como los de Jericó [13]. Lo hizo con la mejor intención, para que no fuesen cobijo de sarracenos. Aun así, la verdad, no parece razón para ponerse una ciudad bajo el glorioso patrocinio del santo que la arrasó.
Desde Pamplona, camino de Francia, nos espera Roncesvalles con la bajada de Valcarlos hasta San Juan de Pie de Puerto. En este trayecto se sitúa otro hecho histórico, igualmente magnificado por la epopeya: la batalla de Roncesvalles (778).
Roncesvalles es la primera etapa española del Camino Francés a Compostela. El lugar, la antigua abadía-colegiata de Santa María, con su iglesia y hospital, está todo lleno de recuerdos de Carlomagno y su leyenda. Este rincón del mundo, que irradia serenidad, para los nuevos conquistadores de la Navarra irredenta, los nacionalistas, es otra manzana de discordia; y como de costumbre, lo es ya desde su mismo nombre ‘verdadero’: Orreaga. Como si Roncesvalles no pudiese ser topónimo vasco, en opinión de algunos.
Conquistadores-depredadores, esta gente arrambla con todo, en plan victimista y redentor: «La historia real de nuestro pueblo nos ha sido escondida y manipulada, pero no ha sido olvidada. Nos la han falseado, y es hora de recobrar la memoria de lo que fuimos».
«¿Y ustedes, cómo lo saben?» Es la primera pregunta, ante tal denuncia y reclamación.  Cualquier persona sensata es consciente de que la Historia de la humanidad, la de cada etnia, la de cada facción o partido –aun disfrazada de proyecto político– hunde sus raíces en el mito y se nutre de su sustancia. Clío, la musa de la Historia, corre además con la Épica y con la Mítica. Siempre y en todo lugar, esto ha sido parte de una pedagogía de autoestima – pedagogía sana, mientras no nazca de complejos ni derive en odios; como, me temo, es el caso de este nacionalismo aberchale.
¿Quiénes nos han ocultado y falseado la historia de Navarra? Las fuentes de conocimiento histórico, los archivos, los libros y revistas de Historia están abiertas, con mucho material incluso en la Red; donde se hallan igualmente las crónicas antiguas hispanas y francas, a disposición de quien quiera acceder a ellas… Quien quiera y pueda, pues algún trabajo pide su estudio y alguna preparación.
Uno de los puntos sensibles para este nuevo género de historiografía vasco-navarra –junto con otros más modernos, como la Guerra Civil, o la Conquista de Navarra por Fernando el Católico–, es este más remoto de la intervención de Carlomagno en Navarra, rematada en el desastre de Roncesvalles-Orreaga (o viceversa) y su posible relación con el origen del Reino de Pamplona/Navarra.
Otra tradición de estreno
Hace dos años y medio –el sábado 8 de agosto de 2015– tres ‘kolektibos’ patrióticos navarros estrenaban  un show conmemorativo de la demolición de las murallas de Pamplona por Carlomagno, de paso para Francia, el año 778. Promovía el acto la Fundación ‘Orreaga’, en colaboración con la Asociación Cultural ‘Etxabarregoa’ y el Grupo de Trabajo ‘Ibañeta-778’, y entre los tres y alguno más reunieron hasta un centenar más que largo de personas, incluido el público, en torno a animadores, versolaris, músicos y danzantes, en el Mirador del Caballo Blanco, sobre uno de los baluartes de Pamplona. Era también un homenaje a los navarros muertos en aquella destrucción y en la subsiguiente batalla de Orreaga-Roncesvalles.

En realidad se trataba de un primer acto añadido al que ya se venía haciendo una semana después –el 15 de agosto– en Roncesvalles y en el alto de Ibañeta, supuesto lugar de dos batallas sucesivas entre navarros y francos, los años 778, y 824. ¿O fueron tres? Contando, digo, la de 812 que quedó en tablas. Incluso hay quien escribe, «Orreagako bataila: 778-824». La Batalla de los Cincuenta Años.
Un portavoz se encargó de mantrizar ante el público aquello de «la historia ocultada y manipulada»; pero esta vez, adelantándose a la pregunta («¿cómo lo sabe?»), él mismo explicó que «gracias a un grupo de investigadores, y por nuestro interés, se ha descubierto la verdad».   
En el acto intervino la escritora Arantzazu Amezaga Iribarren, que hizo su reconstrucción personal del episodio con todo lujo de detalles; el más estupendo, cuando Carlomagno ordenó incendiar Iruña –previamente «evacuada, una ciudad muerta»–, cómo «las llamas devoraron las viejas y resecas piedras de las murallas romanas que aún la protegían». «Cinco días después del incendio» vendría el desquite en la batalla de Orreaga.
«Los vascones carecían de hombres con entrenamiento militar y armas suficientes… Convertidos en improvisados guerreros, recolectaron y colocaron las piedras en montones… sobre las alturas del barranco… Aborrecían ser parte del imperio de Carlos. Querían forjar su reino propio
«Carecían de hombres», «improvisados guerreros»… Señora, ¿pues qué se hizo de aquellos  vascones indómitos, los que cada rey visigodo se jactó de haber domado? Con todo, estos adornos o licencias no eran nada ante la sorprendente revelación: el jefe y cerebro de la primera batalla de Orreaga se llamaba Eneko. «Líder de las tribus vasconas, él fue quien dirigió la retirada de la población, para que no sufriera el horror de la guerra…»
Eneco, Íñigo Jiménez… suena a nombre de caudillo navarro. ¿Pues cómo no? El Íñigo estratega  de Orreaga I (778) era ni más ni menos que el padre de Íñigo Íñiguez Arista, el héroe de Orreaga II/III (824). Cadena genealógica ideada como soporte de una causalidad y proyecto histórico, ya desde la primera batalla, cuando
«los vascones, comprendieron que si querían pervivir como pueblo, y tal era el deseo, habrían de forjar una entidad política que los resguardara de semejantes afrentas… En el 824, tras varios acontecimientos, proclamaron rey de los vascones a Íñigo Arista, que fundó el Reino de Pamplona, y luego pasó a ser Estado de Navarra».
Así, en el más puro estilo sabiniano, el pasado –siempre al servicio del presente y futuro político– se construye sobre los cimientos de batallas imaginarias o… ¿manipuladas?,  no (fea palabra); digamos contadas de otro modo [14]. Todo para concluir: «Somos descendientes de lo que ellos forjaron en aquel año de gracia del Señor del 778».
No deben culparse por eso ni disculparse los promotores de estos actos. De hecho no lo hacen. Dineros tan jugosos como los que percibe la Fundación Orreaga, y tantas otras eiusdem furfuris, en algo hay que gastarlos. Y eso requiere imaginación, tanto en quitar como en poner y cambiar. Lo primero, quitar todo aquello que magnifique a Carlomagno y su hueste, otro enemigo del pueblo vasco.
Roncesvalles - Monumento a la Batalla de 778 (1978)
En Ibañeta, por ejemplo, les sobra el monolito llamado ‘Piedra de Roldán’ (la inscripción ya la han borrado, creo). Tampoco el monumento del XII Centenario de Roncesvalles (Diputación Foral de Navarra, 1978) les contenta. Nada que tenga que ver con la ‘Canción de Rolando’, donde como es sabido, la batalla de Roncesvalles se da entre 20.000 francos y 400.000 sarracenos, con olvido de los vascos y las vascas. Es raro que algo existente pueda tal cual gustar a estos adanitas.
No podía faltar lo más temible: el grupo de trabajo subvencionado anunciaba unas «unidades didácticas para servir a las escuelas», ¡kyrieleison!, qué manía pedófila de sobar el coco a los muchachos.
En fin, este verano tal vez haya ocasión de volver sobre el nuevo fenómeno metapsíquico recurrente. Cuando casi todos los pueblos del medioevo europeo sabían cantar y escribir, y muchos lo hacían, los vascones tuvieron a bien ser ágrafos y mudos pertinaces. Pero he aquí que un grupo moderno de historiadores tiene, por lo visto, el don de comunicarse directamente con sus ancestros para escuchar, desoyendo a Ranke, la “historia como debió ser”, o sea “nuestra historia”, a más de doce siglos de distancia, por la voz de la raza, más que de la lengua [15].
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Notas:
[1]  AA SS Enero 2: 874-91.
[2] Liber Sancti Jacobi. Codex Calixtinus. Edic. K. Herbers y M. Santos. Xunta de Galicia, Santiago de Compostela, 1998. Trad. y notas de A. Moralejo, C. Torres y J. Feo. CSIC, Santiago de Compostela, 1951, págs. 403-404.
[3] Parte II, cap. 26. Cfr. F. Bautista, “Memoria de Carlomagno: sobre la difusión temprana de la materia carolingia en España (siglos XI-XII)”, Revista de poética medieval, 25 (2010), p.109. https://core.ac.uk/download/pdf/58909135.pdf
[4] Esteban de Garibay, Discurso de mi vida. Ed. de J. Moya. Bilbao, Serv. Edit. UPV, Bilbao, 1991, pág. 327, 407 ; J. Moya, Esteban de Garibay: Un guipuzcoano en la corte del Rey Felipe. Bilbao, R.S. Bascongada de AA. del País, 2000, págs. 128-129, 150-151.
[5] No sólo a ciento: 110 líneas o linajes, exactamente. E. de Garibay, Illustraciones genealógicas de los Catholicos Reyes de las Españas etc. Madrid, L. Sánchez, 1596, Prólogo, p. 8; ‘Línea del glorioso emperador Sant Carlos Magno’, pp. 60 y sigs.
[6] Josué, 10: 12-13.
[7] Garibay, Ilustraciones,  pág. 62.
[8] Discurso, págs. 416 y 418.
[9] El ‘Fardo de Lana’ (Woolsack), en la Cámara Alta del Parlamento del Reino Unido es el asiento propio del Lord Canciller en las sesiones, y esto desde el siglo XIV, por orden del rey Eduardo III, para encarecer la importancia del comercio de la lana para Inglaterra en la Edad Media, cuando la lana de Castilla era la gran competidora.
[10] Joan Molina Figueras, ‘Arnau de Montrodon y la catedral de San Carlomagno. sobre la imagen y el culto al Emperador carolingio en Gerona.’ Anuario de Estudios Medievales, 34/1 (2004): 417-454. P. Rocher, Les rapports de l'église de Puy avec la ville de Girone en Espagne et le Comoté de Bigorre. Le Puy, 1875, págs. 44-46.Francesc X. Altés, ‘La institució de la festa de Sant Carlemany a la seu de Girona i els textes hagiogràfics del seu ofici litúrgic. Miscel.lània Litúrgica Catalana, 17 (2009): 211-272.
[11] Capitular de 2 de diciembre de 834: Wimer obispo de Gerona acude al concilio de Attigny, cerca de Reims, donde el emperador le favorece con esta confirmación: Wimer sancte Gerundensis ecclesie ep. nostram adiens celsitudinem petiit ut memoratam sedem cum villis et hominibus a domno et genitore nostro Karolo… eidem sedi collatis, quas nunc possidere dignoscitur, i. e. in pago Empuritano… in pago Gerundense..., in pago Bisuldunense… sub nostra tuitione et inmunitatis  defensione constituissemus… Data IV nonas Decembris anno, Christo propitio, vicesimo primo imperii Ludovici Imperatoris, etc. Pedro de Marca, Marca Hispanica, col. 772 s. Esos títulos ya existían en el archivo en 1345, a disposición de quienes redactaron el oficio. El atestado de Alfonsello se refería a documentos hasta del siglo VIII: Miro quodam modo processus originales omnium causarum que ducte fuerunt a mille annis citra. Cfr. Fidel Fita Los reys d’Arago y la seu de Gerona. Barna, 1872. No se olvide que en 882 se fundaron en la ciudad dos cabildos o ‘canónicas’, bajo la regla carolingia de Aquisgrán, lo mismo que otras de la provincia. La de San Félix de Gerona duró hasta 1806.
[12] Jules Coulet, Étude sur l’Office de Girone en l’honneur de Saint Charlemagne. Montpellier, 1907; pág. 41, n. 3. En el tradicional San Carlomagno de Gerona se quiere ver un retrato idealizado del rey de Aragón don Pedro el Ceremonioso, precisando algunos que sea obra de Jaime Cascalls, a mediados del siglo XIV.
[13] Josué, 6: 20.
[14] En el fundacional ‘Discurso de Larrazábal’ (3 de junio 1893), Sabino Arana presentó su libro, ‘Bizkaia por su independencia’, donde  justificaba su pretensión separatista en una serie de cuatro relatos románticos de batallas ganadas por los vizcaínos a Castilla en la Edad Media: Arrigorriaga (867), Gordejuela (1355). Ochandiano (1414) y Munguía (1471). La primera sobre todo, la imaginaria batalla de Arrigorriaga (o Padura), fue para Sabino mito de origen y legitimidad política: «En la victoria de Arrigorriaga es donde se decide la constitución del estado que propiamente puede llamarse Vizcaya».
[15] Frantz Leopold von Ranke (1795-1886) basó en su Teología de la Historia su metódico ‘ideal de objetividad’, cuya expresión clásica formuló por vez primera en el Prólogo a su Historia de los pueblos románicos y germánicos (1824): «A la Historia se le ha atribuido la función de enjuiciar el pasado, para instruir a la contemporaneidad en provecho de los años venideros. El presente ensayo no interfiere con tan alto cometido: se limitará a mostrar cómo fue propiamente




sábado, 27 de enero de 2018

Enero 28: San Carlomagno


S. Carlomagno Emperador (S. XV)

A la Cesárea persona de mi amigo Albatros,
en el recuerdo de gratísimas conversaciones.  

¡San Carlomagno! ¿En serio? Absolutamente. Y conviene añadir: santo canonizado. Que no es pleonasmo, porque la canonización como requisito oficial para el reconocimiento de los santos y su derecho a culto público fue un trámite muy posterior. El culto de los santos data más o menos del siglo II, mientras que los primeros pasos hacia lo que más tarde será canonización se dan precisamente en tiempos de Carlos, con el papa Adrián I. [1]
¡Pero Carlomagno, con todo su golpe de campeón cristiano –sobre todo en su leyenda–, no fue modelo de costumbres! Con toda su admiración y gratitud a él, algunos monjes nunca olvidaron sus flaquezas humanas. En una de las primeras descripciones del Purgatorio, allí estaba el hombre, ¡y en qué estado!
El año 824, o sea diez después de muerto el emperador, un monje llamado Wetino, en la isla de Reichenau (Lago de Constanza), estando enfermo tomó un jarabe «que a todos les sentaba bien», pero a él le resultó fatal:  vómitos, anorexia, decaimiento y por último una agonía lenta con alucinaciones, algunas horribles de gente torturada. A su cabecera el monje Haitón las iba anotando, y así nació un relato famoso, La Visión de Wetino, en forma de viaje onírico al más allá, incluido cierto lugar de tormentos. Otro monje  joven y poeta, Walafrido Estrabón, que luego fue también abad del monasterio,  mejoró la Visión en versos latinos. Aquella región infernal todavía sin nombre, luego se llamó el Purgatorio [2].
Pues bien, entre los desgraciados que el viajero Wetino, guiado por un ángel, encontró  allí figuraba «cierto príncipe» –que el poeta, también sin nombrarle,  resuelve admirablemente en acróstico CAROLVS IMPERATOR–, y le vio en situación harto comprometida [3]:
«Dijo que estaba de pie, y que cierto animal le destrozaba a mordiscos sus partes verendas, dejando el resto del cuerpo ileso. Estupefacto y atónito se preguntaba [Wetino] cómo tan gran varón, único en nuestro siglo en la defensa de la fe católica y el gobierno de la Iglesia, podía verse afligido con castigo tan feo. El ángel guía le respondió que sí, que hizo muchas cosas admirables y gratas a Dios, cuyo premio no ha de faltarle; pero vencido por las tentaciones del estupro (sic), al final de su larga vida se dio al pecado carnal, como si el peso de tanto bien pudiese vencer y cubrir aquel poco de desvergüenza y libertad concedida a la debilidad humana. “Con todo, dijo el ángel, está predestinado a la vida en la suerte de los elegidos”

        «Sigue en esos tormentos,
Porque sus obras buenas afeó con torpe lascivia,
Como si tanto bien pudiese esconder el engaño,
Y así quiso acabar su vida en costumbre viciosa»

De la misma época circuló la Visión de una pobrecilla mujer, que volvió de un rapto extático contando lo nunca visto [4]:
«Un guía espontáneo vestido de monje la paseó por los lugares donde reposan los santos y penan los inicuos… Allí vio a cierto príncipe de Italia (sic) en tormentos, y a otros muchos conocidos, unos en pena, otros en gloria. Preguntó a su guía si aquél –por Carlomagno– volvería a la vida eterna del más allá. “Sí que debe. Si el emperador Luis, su hijo, sirve por él siete comidas completas, ha cumplido”.»  
La pobre visionaria de puro famélica sería una de las personas beneficiarias de aquellos ágapes, y eso le parecía suficiente para sacar a Carlos de allí. Pero también el hijo, Luis el Piadoso, vaya con cuidado; porque según ella vio (y aunque analfabeta, alcanzó a leer), en el Libro de la Vida o lista de admitidos al cielo, el nombre de Luis estaba borroso, por una aventura que tuvo muy parecida a la del rey David con la señora de Urías, por la cual liquidó al marido, según la Historia Sagrada (2 Samuel, 11).
Fuera de los conventos, esos lunares en la conducta de los grandes no se miraban tanto como en los tiempos modernos, más puritanos. Los monasterios siempre fueron agradecidos a sus bienhechores, y el rezo por ellos no rara vez derivó en rezo a ellos. Así –y vaya una visión por otra– en la Visión del monje Rotcario (siglo IX), Carlomagno está en el Paraíso [5].
En tiempos del propio Carlomagno ya se veneraba como santos a reyes de conducta poco recomendable. Recordemos sólo a dos:
San Segismundo, rey de Burgundia o Borgoña (516-523), era hombre religioso, aficionado a iglesias y conventos. Convertido del arrianismo, fue intolerante con los arrianos. Buen candidato a la fama y a la santidad. Pero hacia el fin de su vida tuvo un pronto: por mera sospecha de traición, hizo traer a su presencia a uno de sus hijos  y estrangularlo (522). Gesto tan alocado echó a perder toda su carrera, menos la de los altares. Su suegro, el poderoso rey de los ostrogodos, Teodorico el Grande, se enemistó con él, dejándole a merced del rey franco Clodomiro, que invadió su reino. De poco sirvió al burgundio esconderse en un convento bajo hábito de monje, porque su enemigo le capturó, junto con su mujer e hijos, y en Orleans les hizo ejecutar y arrojar a un pozo. Por esta desgracia, computada como expiación por su crimen, san Gregorio de Tours hizo al rey parricida no sólo santo, sino mártir, haciéndole el honor de ponerle en su libro, ‘La Gloria de los mártires’: «un ejemplo de cómo el Señor rompe la arrogancia de la mente contumaz con el palo del castigo» [6].
San Gontrán haciendo caridades
El mismo Gregorio de Tours en su ‘Historia de los Francos’, donde no disimula defectos de sus paisanos contemporáneos –gente por lo demás muy religiosa–, pintó del rey Gontrán un retrato nada favorable, incluso para un franco: concubinario y lascivo, intemperante, pérfido y sanguinario hasta la crueldad. Sin embargo, al buen obispo le cae bien «el buen rey Gontrán», este nieto de Clodoveo y santa Clotilde, que en el reparto de la herencia con sus hermanos a cara de perro se quedó con la Borgoña (561-592). Sus flaquezas como hombre las compensó con buen gobierno, política asistencial y favor a la Religión y la Iglesia. En cuanto a sus crímenes más repulsivos, una posible atenuante o eximente pienso yo que podría ser el estar bebido. Por gratitud de los monjes, recibió cierto culto local desde el siglo VII. Fue sólo a partir del XV cuando lo formaliza Juan Rolin, obispo de Châlons (hoy Chalon), y ya con fama de santo rey sanador se difunde por Francia [7].
Con estos botones de muestra queda claro cómo antiguamente fue posible hacer un San Carlomagno, cuando hoy sería complicado canonizarle. Aunque, todo sea dicho, los filtros legales de los hombres no impiden al espíritu soplar donde quiere, y así vemos hoy  en los altares a santos modernos que pueden causar admiración.
San Carlomagno: cuándo, por quién y por qué
Con lo dicho, la canonización de Carlomagno no parece tan extraordinaria. Vuelve sin embargo la zozobra cuando, al preguntar qué papa le canonizó, la respuesta es que ningún papa, sino un antipapa. Porque eso era Pascual III (1164-1168), hechura del emperador  Federico I Barbarroja (1155-1190), en lucha contra el papa legítimo Alejandro III (1159-1181).
¿Fué válido aquel acto? Atendamos a los tiempos y circunstancias para replantear la pregunta: ¿Impugnó la autoridad competente aquel acto de usurpación de autoridad? No. Ni Alejandro ni ninguno de sus sucesores, que conste, movió un dedo contra el nuevo santo. Además había un precedente: veinte años atrás, en 1146, Enrique II emperador del Sacro Imperio (1014-1024) había sido canonizado por el papa Eugenio III [8]. En fin, hechas las paces, más o menos, entre Imperio y Papado, lejos de revisarse el caso, lo que hubo fue una expansión de San Carlomagno a distintas iglesias y países. Nunca fue santo universal en el Calendario eclesiástico, pero tuvo fiesta, misa y oficio litúrgico permitido o tolerado en muchos lugares.
Federico I Barbarroja
Y es que la figura del ‘rey santo’ se había hecho sitio en la galería de tipos santorales del calendario: mártires, vírgenes y viudas, ermitaños, abades, obispos… y ahora reyes. La santidad, predominantemente masculina, se hacía seglar con estos personajes, a menudo un poco raros pero amigos de la Iglesia, y algunos de ellos ‘mártires’. ¡Mártires, nada menos, en la Edad Media! Entre comillas, sí. Lo hemos visto en el caso de san Segismundo. La muerte violenta de un ‘rey justo’ le convertía para el pueblo (y aun para un obispo como Gregorio de Tours) en mártir de la justicia, si no de la fe. Este modelo de ‘rey mártir’, con denominación de origen francés, tuvo copias incluso mejoradas de marca inglesa, bohemia, danesa, sueca… ¡Hasta Carlomagno, que murió tranquilo en su cama, será llamado ‘mártir’ en la Bula de Oro de su padrino de altar, Federico Barbarroja! El buen gobierno y la guerra justa, todo un martirio.
Un producto sorpresa de la nueva categoría santoral, promocionada por el mismo Federico para honrarse así mismo en sus antepasados, fue el hallazgo de la tumba con los cuerpos «que se decían» de los Tres Reyes Magos en una iglesia de Milán (1164), y su inmediata «exportación» o traslado a Colonia, donde siguen. Fue otra operación de imagen política, cuando aquellos santos personajes ni remotamente tenían nada que ver con su  papel moderno en el folclore infantil.
Ahora que, por fin, podía hablarse de santos canonizados, repasemos una lista (ni completa ni del todo exacta) de aquel primer siglo de canonizaciones papales:
1110
1134
1146
1161
1164
1165
1165
1170
1173
1174
1189
1192
1192
1193
1199
1200
Pedro de Anagni, obispo (m. 1105)
Hugo de Grenoble, obispo (m. 1132)
Enrique II, emperador (m. 1024)
Eduardo el Confesor, rey (m. 1066)
Elena de Skövde, reina viuda (m. 1160)
Canuto IV, rey (m. 1086)
Carlomagno, emperador (m. 814)
Canuto Lavard, rey (m. 1131)
Tomas Becket, obispo (m. 1170)
Bernardo de Claraval, abad (m. 1153)
Otón de Bamberga, obispo (m. 1139)
Ubaldo de Gubio, obispo (m. 1160)
Bernardo de Hildesheim, obispo (m.1022)
Juan Gualberto, abad (m. 1073)
Homobono de Cremona, particular (m. 1197)
Cunegunda, emperatriz viuda (m. 1040)
De 16 nombres, 14 masculinos, 8 son eclesiásticos (6 obispos, 2 abades) y 6 legos. Aunque predomina el clero, el laicado le pisa los talones en este siglo. De los varones legos, 5 son reyes y sólo uno es un particular. La proporción de testas coronados es altísima, si atendemos a la estadística general de población, donde los reyes son una clase muy elitista y minoritaria. De las dos mujeres, ambas entraban en ese gremio. Siete individuos de la realeza representan el 43,7 % de los santos canonizados al nuevo estilo, bajo control papal,  en el siglo XII. Aun restando a las consortes, queda una proporción alta de reyes santos, que sólo se explica por la incursión de un ideal o tipo nuevo de santidad, de claro matiz político en la estimación y el interés del papado. Recordemos: aquel siglo fue de áspera lucha entre los papas de Roma y los emperadores del Sacro Imperio. Guerra o querella ‘de las investiduras’, la llaman; en realidad, guerra por el poder y la supremacía universal.
El hallazgo de la tumba de Carlomagno
Carlomagno murió en Aquisgrán el 28 de enero del año 814,  y fue sepultado en la Capilla Palatina de Santa María. Su hijo Luis el Piadoso adornó su tumba, que con el tiempo cayó en el olvido. ¿Qué fue de su memoria en los 350 años hasta que le hacen santo?
El año 987 el duque Hugo Capeto sucede al último carolingio como rey de los francos y funda nueva dinastía, que luego se llamó Capeta [9]. En Francia, los primeros capetos no se pagaron de Carlomagno, porque en el siglo X carolingios y robertianos (luego capetos) eran linajes rivales, y la ascensión de Hugo se vio como «acabóse el reino de Carlomagno, y punto» [10]. Los herederos políticos de Carlos, de su capital Aquisgrán y de su imperio fueron Otón I el Grande (962-973) y su casa. Otón I se hizo coronar en Santa María de Aquisgrán, como poniendo al difunto Carlos, allí presente, por testigo del traspaso y legitimador de la nueva dinastía.
Su nieto Otón III (983-1002), hijo de Otón II y de la princesa bizantina Teófana, fue coronado emperador en San Pedro de Roma (mayo de 996) por un flamante Gregorio V (996-999), que él mismo eligió en la persona de su capellán y primo Bruno. Alemán, 24 años. Fue el primer papa de esa nación, y el primero que se cambió el nombre, tal vez para caerles mejor a los italianos. Hombre guapo, jovencísimo para papa, incluso en aquel tiempo. Pero a pesar de su juventud duró poco (hasta febrero de 999), y así el ‘papa del año 1000’, también hechura de Otón, será su antiguo preceptor, el super sabio Gerberto de Aurillac, Silvestre II (999-1003).
Otón III, en su idea romántica de restaurar el imperio de Carlomagno, no perdonaba detalles incluso extravagantes, como dice el cronista y obispo áulico Ditmaro de Merseburgo [11]:
«El emperador, deseoso de renovar en su tiempo la antigua etiqueta de los romanos, ya obsoleta en su mayor parte, hacía muchas cosas que dieron lugar a diversidad de opiniones. A la mesa en forma de herradura se sentaba él solo en un puesto más alto que los demás.»
Y aquí es donde inserta la noticia, estupenda para aquel tiempo, y que no gustó a todo el mundo: Otón quiso conocer a su antecesor Carlomagno en persona.
Como ‘emperador del año 1000’ de la Era Cristiana, el joven Otón en sus fantasías estaba convencido de que su encuentro con Carlos haría época. El problema era localizar la tumba en la Capilla Palatina, después de tanto tiempo. Estas situaciones solían resolverse mediante alguna aparición o revelación en sueños, y el recurso funcionó para el caso, según las Historias de Ademaro [12]:
«Por entonces el emperador Otón tuvo un aviso en sueño para que hiciese el levantamiento del cuerpo del emperador Carlomagno…, y cumplido un triduo de ayuno, apareció allí donde él lo había soñado…»  
Unas catas secretas en el subsuelo de la iglesia llevaron a la convicción de haber encontrado la cripta abovedada de Carlomagno. Otón elige el 19 de mayo, fiesta de Pentecostés aquel año, para bajar con algunos íntimos.
Tiempo después de morir Otón III se escriben los Anales de Hildesheim (h. 1040), donde aquella exploración sepulcral se ve bajo luz sombría [13]:
«En aquel año 1000 del cómputo establecido, año extraordinario y singular, del que se lee, ‘El Milésimo todo lo supera y trasciende’, el emperador Otón III… celebró la fiesta de Pentecostés en Aquisgrán con la devoción debida. Fue entonces cuando ordenó, por curiosidad (admirationis causa) y contra las ordenanzas eclesiásticas de la religión divina, exhumar los huesos del gran emperador Carlomagno. Con tal ocasión encontró en lo recóndito de la sepultura variedad de cosas maravillosas. Pero como luego se vio claro, por ello incurrió en castigo del Vengador eterno, porque tras aquella aventura, el propio emperador se le apareció y le predijo [su próxima muerte].»
Este juicio severo fue sin duda el más general, sobre todo en los medios conservadores, donde la tradición romana prohibía turbar el reposo de los sepulcros, incluso los de los cuerpos santos. Como decía el Código Teodosiano (t. 17, l. 7):
«El cuerpo enterrado nadie lo traslade a otro lugar. Nadie se lleve a un mártir; nadie lo merque.»
Desde que el Imperio de Oriente puso de moda el tráfico de reliquias, los occidentales se hicieron fuertes en su argumento: ‘Descanse en paz’ significa no tocar, no menear, porque además de sacrilegio que molesta a los santos, se presta a fraudes.
Pero mal o bien hecho, el analista reconoce que Otón en su bajada al espacio de los muertos vio maravillas. Era de esperar. ¿Pero cuáles? Eso depende de como se lean los testimonios.  Por ejemplo, una lectura romántica del texto de Ditmaro dice que el césar Carlos apareció sentado en solio regio, con una cruz de oro colgada al cuello, que Otón tomó junto con la parte de vestidos todavía intactos, dejando lo demás con suma reverencia [14].
El editor crítico anota que la palabra solio (solium) aquí no significa silla o trono, sino sarcófago, sugiriendo una osamenta yacente. Yo estaría más con la lectura romántica, por lo de la cruz «pendiente de su cuello», más otras descripciones del mismo suceso, como la de Ademaro, que especifica:
«… sentado en cátedra de oro…, coronado de oro y gemas, sosteniendo un cetro y una espada de oro purísimo, y el cuerpo tal cual incorrupto.»
Más detallista y locuaz fue otro testigo ocular, el conde Otón de Lomello, que lo cuenta en primera persona de plural, refiriéndose a sí mismo y dos obispos, por toda compañía de Otón [15]:
«Entramos, pues, a donde Carlos. No estaba yacente, como suelen los cuerpos de los demás difuntos, sino sedente en una especie de cátedra, y como vivo. Estaba coronado con corona de oro, y sujetaba un cetro en las manos enguantadas, cuyas uñas crecidas habían perforado los guantes. Tenía sobre sí una caseta en mal estado (tugurium), aunque muy bien construida de cal y mármoles. Llegados al lugar, en seguida rompimos un orificio de acceso, y nada más entrar, percibimos un olor intensísimo. Al punto le adoramos hincados de rodillas, y acto seguido el emperador Otón le vistió de blanco, le recortó las uñas e hizo con él todos los arreglos necesarios. No le faltaba miembro alguno por efecto de putrefacción, tan solo un poco de la punta de la nariz, que hizo restaurar con oro. Y tras arrancarle un diente de la boca, una vez reparada la caseta se fue.»  
¡Conque otra patraña medieval! Esa sería la solución más cómoda. Sin embargo, yo diría que el monje que escribe la escena tiene delante –o a lo menos en la memoria visual– el Evangeliario de Otón, abierto por las mismas páginas que nosotros (ff. 23v-24r):


Por aquel Año 1000, el escritorio de la abadía de Reichenau, en el lago de  Constanza, produjo este códice iluminado, joya de la miniatura otoniana. A la izquierda, cuatro damas oferentes, coronadas y descalzas –las cuatro provincias del Imperio de Occidente: Roma, Galia, Germania y Esclavinia–, a modo de friso bizantino, rinden homenaje a su emperador.
Miremos ahora la página derecha, y veamos cómo se corresponde, punto por punto, con la relación que acabamos de leer. Aquí, ‘Carlomagno’ es el propio Otón III en majestad, entronizado bajo su ‘caseta’ o baldaquino, y asistido por dos obispos y dos laicos. El laico de la barba blanca con espada envainada en la mano es el conde Otón de Lomello, el testigo de la bajada a la cripta, que en diciembre del año anterior 999 había estrenado título de Primer Espadero (protospatarius) y Conde Palatino (curopalata): dos dignidades tomadas del protocolo bizantino. El obispo canoso es Ditmaro de Merseburgo, cronista del hallazgo de Carlomagno. Es decir, los mismos actores, con el joven Otón en el papel del viejo Carlos. Lo que en la cripta carolina se halló en decrepitud, aquí en la miniatura aparece restaurado y como nuevo. Las dos escenas se complementan y se funden en un mensaje de propaganda imperial. ‘Patraña’, en todo caso no gratuita [16].
¿Carlomagno, santo del Año Mil?
Aunque en aquel entonces la palabra ‘canonización’ no estaba en uso, nos preguntamos si la operación de propaganda otoniana promovió el culto de San Carlomagno. Los autores no ven clara la respuesta. Poco antes, en octubre de 997, Otón III había presentado ofrendas preciosos a la Capilla Palatina de Aquisgrán, expresando que lo hacía «para remedio de su alma, como también del alma de Carlomagno, de veneranda memoria y por su salvación»: un sufragio, no un exvoto. Ademaro dice que cuando él escribía (siglo XI) no se celebraba fiesta de Carlos, sólo un aniversario como por cualquier difunto.
Es verdad que, según datos antiguos, ya en vida de Carlomagno se observaron prodigios [17], pero no se habían registrado milagros en torno a su tumba hasta el hallazgo de Otón. Y sin fiesta o con ella, la descripción del mismo Ademaro está calcada de las ‘invenciones’ (o hallazgos) de cuerpos santos: dudas sobre el lugar, revelación en sueños, hallazgo del depósito, olor de santidad, cuerpo incorrupto y como vivo, tal vez de pie o sentado, tal vez de estatura inusual [18]; alzamiento y traslación a sepulcro o relicario digno, exposición del nuevo santo al pueblo, y por supuesto, milagros a pie de obra. Termina:
«El cuerpo de Carlos embalsamado se colocó en la parte derecha de su basílica, detrás del altar de San Juan Bautista. Sobre él se construyó una cripta dorada maravillosa, y él empezó a brillar con muchas señales y milagros, aunque no tiene fiesta solemne, sólo el aniversario corriente de difuntos.»
Mi parecer es que Otón III quiso, a su manera, hacer santo a Carlomagno y de paso ‘canonizarse’ él mismo, como vamos a ver. La operación se frustró por su muerte inesperada, a los 21 años. Y también el procedimiento, en los medios pro romanos provocó rechazo.
Podría argüirse que Otón, como hijo de una princesa bizantina, pudo ser aficionado a reliquias. Sin entrar en ello, para un aficionado no fue mucho llevarse un diente del muerto. Y aunque fuese cierta la noticia de que Otón y su séquito se arrodillaron y «adoraron» el cadáver, era un gesto de etiqueta imperial, más que de culto. Así que no metamos a la reina Teófana en esto [19].
Donde sí cabe influencia de la señora en el hijo, que dominaba el griego como lengua literalmente materna, es en su imaginario de restauración imperial, incluida la pompa de la ‘apoteosis’, heredada por Bizancio del Bajo Imperio romano.
En este sentido, mayor carga ideológica reviste otra miniatura de la misma escuela y fecha, en otro manuscrito  otoniano, el Evangeliario de Aquisgrán. Aquí también dos páginas iluminadas enfrentadas. A la izquierda, el monje calígrafo Liutario presentando el códice de los Evangelios, con esta inscripción en verso en cuatro bandas rojas:



HOC, AUGUSTE, LIBRO / TIBI COR DEUS INDUAT, OTTO
QUEM DE LIUTHARIO TE / SUSCEPISSE MEMENTO
(Otón Augusto, Dios te vista el corazón con este libro
que, recuérdalo, tú recibiste de Liutario)
En la otra página, Otón entronizado, sí, pero de qué modo. El emperador sedente en majestad, incluido en una mandorla (‘almendra’), como si fuese Cristo en persona, en un trono sostenido por un Atlante /Tierra. Viste  de blanco, con clámide roja imperial. Los brazos abiertos en cruz, con la diestra sostiene el orbe. Sobre su cabeza, la gran mano de Dios, o de Cristo, le encasqueta la corona. A ambos lados, las cuatro figuras aladas del Tetramorfo (los Cuatro Evangelistas) sostienen en el aire un largo lienzo blanco, de parte a parte, por delante de su pecho. A uno y otro lado también, pero a nivel más bajo, dos personajes coronados y abanderados, vestidos como Otón, se dirigen el uno al otro comentando la escena.
Se ha especulado mucho y en balde sobre la banda de lienzo, cuando el mismo Liutario la explica en el primer verso de la dedicatoria: es el libro de los Evangelios, con que Dios reviste y envuelve a Otón, como el Santo Sudario envolvió a Cristo. A todos los mortales el evangelio de Jesús nos inmortaliza, pero en el emperador el efecto es incomparable. Por la unción y coronación divina, Otón emperador es alter Christus, la máxima potestad sobre la tierra.
También sobre las dos figuras de los ‘régulos’ se ha derramado tinta, siendo así que, según Ademaro, el imperio de Otón III sólo tuvo par en Carlomagno y en Constantino el Grande.
En ambos códices ilustrados se percibe la influencia de la bizantina Teófana, en lo estético y en lo político. El friso de las ‘oferentes de Munich’ –por cierto, alternativamente claras y morenas, con Roma y Germania claras– deja claro que el Sacro Imperio Romano de los Otones no atentaba contra el Imperio Bizantino. Otón III pensaba en Roma como su capital imperial de Occidente. Aquisgrán y Carlomagno eran reliquias, pero no sagradas, sino pasadas. Pobre joven Otón, un sueño el suyo demasiado parecido a la muerte.
Por fin, San Carlomagno, ‘apóstol, confesor y mártir’
Desde Otón pasaron 165 años hasta que Federico I Barbarroja vuelve a ocuparse de la osamenta de Carlomagno. Al lector curado de espantos no le sorprenderá leer que para entonces ya se había vuelto a perder el rastro de su tumba, y con eso le basta para adivinar cómo se redescubrió. Dejemos eso.
Federico I (1152-1190) era de otra familia, los Hohenstaufen, que se encontró con una paradoja de la Historia: mientras el Sacro Imperio ocupaba su máxima extensión, el poder imperial efectivo estaba en mínimos. Esto se entiende de golpe mirando el mapa de entonces (Wikipedia): lo más parecido a la quimera de un nacionalista en euforia. Quitados los reinos periféricos, la Europa central con Alemania y media Italia era un mosaico de miniestados, por donde todo un emperador no podía moverse de uno a otro de sus castillos, sin ser huésped forzoso de señores autónomos, no necesariamente afectos ni amigos.
A diferencia de Otón, Federico no pensó en reinar desde Roma. Esto facilitó al principio las cosas con el papa Adriano IV (1154-1159) –el único inglés sucesor de Pedro–, reñido con la República romana precisamente por el señorío de la ciudad. El Barbarroja hizo su primera expediciòn a Italia, y Adriano le coronó emperador. Hasta ahí llegó el buen rollo, porque sus ideas de la relación Imperio-Iglesia eran opuestas por el vértice.
En 1159 la sucesión de Adriano IV fue reñida y terminó en cisma. El antipapa Víctor IV se apoyó en el emperador alemán. El papa Alejandro III, gran jurista en Derecho Canónico, continuó la política de Adriano. Sus seguidores más firmes eran los reyes Enrique II de Inglaterra y Luis VII de Francia. Pero hábilmente supo  aguantar y volver el juego en su favor. Mientras la idea de Federico I era deponer o hacer renunciar a los dos papas para hacer uno de su gusto, el rey francés convocó un concilio en Tours (1163). «Allí 17 cardenales, 124 obispos, 414 abades y un número infinito de clérigos y laicos declararon nulos y sin valor todos los actos del papa Víctor, los pasados, presentes y futuros. El año siguiente moría el antipapa.»
Fue una oportunidad para entenderse el emperador con el pontífice. Pero su canciller Rainaldo de Dassel, arzobispo de Colonia, se adelantó e hizo elegir nuevo antipapa, que se llamó Pascual III (1164-1168).
Con muy poca clientela en perspectiva, la suerte de Pascual mejoró de pronto, cuando Tomás Becket, primado de Inglaterra y antiguo canciller del reino, se enfrenta al que fue su gran amigo Enrique II por defender libertades eclesiásticas. En vano pidió el rey al papa Alejandro la destitución del arzobispo. Rainaldo, obsequioso, le prometió que con Pascual III era cosa hecha. Enrique se pasó a la obediencia de Pascual y se entendió con Federico, pues ambos compartían la misma idea sobre la relación entre Iglesia y Estado. Una idea y modelo que ellos proyectaban en Carlomagno. ¿Y por qué no San Carlomagno?
Pascual III fue un inútil, que en cuatro años de hacer el papa no tuvo ni una iniciativa propia. Frente a él, un Alejandro crecido llegó a ver la posibilidad de desbancar a Federico y hasta aniquilar el Sacro Imperio.
La idea se la dio el emperador bizantino Manuel I Comneno el Grande (1143-1180). Manuel había conocido y estimado al emperador Conrado III, el tío de Federico Barbarroja, en la II Cruzada, y entendió el poco sentido que tenía una cristiandad dividida en dos Iglesias y dos Imperios, frente a la amenaza del Islam (1164-65).
Buen militar y diplomático, Manuel Comneno tejió una red de intereses con Francia, Hungría, Venecia y la liga lombarda de Verona, incluso el Patriarcado de Aquilea, que por entonces había dejado al antipapa. Manuel llegó a ofrecer a Alejandro III el fin del Cisma de Oriente y el reconocimiento como papa universal, a cambio de ser él reconocido único emperador. Esto implicaba destituir formalmente a Federico, que ya estaba excomulgado, y todos sus súbditos dispensados por el papa de su juramento de lealtad.
San Carlos Emperador, entre S. León III Papa y S. Turpín obispo.
Arca de Carlomagno, Aquisgrán (2 x 1 x 0,6 m)
En este contexto, la cancillería de Federico I puso en marcha la operación de hacer santo a Carlomagno, para prestigiar el Sacro Imperio y eclipsar a Francia. La idea sería de Rainaldo de Dassel, pero Federico la hizo suya y asoció en ella a Enrique de Inglaterra. Así lo hizo constar en una bula de oro (Aquisgrán, 1166), donde decía contar con el visto bueno de Pascual III (adsensu et auctoritate domini papae Paschalis). O sea, que el antipapa intervino sólo  por correo, y a tenor de la bula, el canonizador más bien resulta el propio Federico [20].
Pero, al santo rogando y con el mazo dando, las ciudades lombardas por instigación del papa han firmado una liga en Verona, y Federico vuelve a Italia, esta vez directamente a Roma, a la caza de Alejandro. En julio de 1167 entra en la ciudad, y a duras penas se apodera del Vaticano y se hace coronar de nuevo por su antipapa. El papa disfrazado ha huido a Campania, a merced de los normandos.
Victoria pírrica la de Federico, porque el mismo verano gran pestilencia diezma las fuerzas alemanas –pérdida sensible fue Rainaldo de Dassel–, y una revuelta ‘senatorial’ romana hace el resto para forzar su retirada a Alemania. Con ello, la liga lombarda se amplía, ahora bajo protección del papa triunfante.  A su nombre se fundó entonces la ciudad de Alejandría, en Piamonte, en 1168. El mismo año Pascual III le hace el favor de morirse, pero le sucede un cardenal de Victor IV, que se llamó Calixto III (1168-1178).
La quinta y última expedición italiana de Federico I fue un fracaso, desde su intento vano de arrasar Alejandría, hasta la derrota de su caballería pesada por la infantería ligera de la liga lombarda en Legnano (mayo, 1176).
Con esto, Barbarroja entró en razón y en tratos con el papa Alejandro III. El papa traicionó a la liga lombarda, a cambio de ver al emperador germánico humillado ante él en público, como celebrando el centenario de lo ocurrido en Canossa, entre Gregorio VII y el emperador Enrique IV (1077). En efecto, en 1177, en Venecia, Federico se sometió a la obediencia de Alejandro, abjurando del cisma y de los tres antipapas.
Se dice que cuando el emperador se postró ante el papa sentado para la ‘adoración’, Alejandro cargó la suerte pisándole el pescuezo, mientras recitaba este versículo de los salmos [21]:
«Caminarás sobre el áspid y el basilisco, / y pisarás al león y al dragón» .
La anécdota apócrifa se adorna con un cruce de agudezas imposibles, que no hacen al caso. Retengamos sólo la cita bíblica, porque luego nos dará una pequeña sorpresa.
Reconciliado con la Iglesia, y en parte como penitencia, el emperador junto con su hijo Federico y los reyes Felipe II de Francia y Ricardo I de Inglaterra emprenderá la III Cruzada en 1189. Victorioso en dos batallas, su sueño caballeresco era medirse con el gran Saladino, el caudillo musulmán. No lo logró. Tras la conquista de Iconio (Anatolia), al darse una zambullida en el Salef en día caluroso, las frías aguas del río se lo tragaron, el 10 de junio de 1190.
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[1]  Entiéndase la ‘canonización’ como declaración de santidad y culto, sin confundirla con el ‘proceso canónico’, o sea los trámites previos, con pruebas testificales de vida y milagros. Todo eso se centralizó en la autoridad papal y se complicó el procedimiento, de modo que es imposible decir cuál fue el primer santo canonizado por un papa. Adriano I (772-795) formalizó la lectura oficial de pasiones y vidas de santos en la liturgia eclesiástica. Pero la propia Iglesia romana prefirió el método procesal, que fue el que prevaleció como ‘proceso canónico. Y de igual modo que la aclamación popular del santo cede ante la declaración episcopal, ésta también cesará a mediados del siglo XII, en favor de la canonización papal. El primer caso de ésta sería el de un san Suitberto, primer obispo de Verden (Baja Sajonia) nombrado por Carlomagno (786), y declarado santo a petición suya por León III (804). El problema es que se trata de un santo imaginario, y aquella diócesis se fundó más tarde. Otro candidato al récord fue san Udalrico (o Ulrico) obispo de Augsburgo (m. 973), canonizado por Juan XV en Letrán (993). Cfr. J. Moya, Las máscaras del Santo. Subir a los altares antes de Trento. Madrid, Espasa, 2000, págs. 37-38.

[2] Cfr. Jacques Le Goff, El nacimiento del Purgatorio. Taurus, 1981, págs. 137-139. Para aquellos tiempos bárbaros de justicia vindicativa y ahí te pudras, la invención del Purgatorio fue un atisbo de reinserción social.
[3] Visio Wettini, 16; en MGH, Poetae Lat. Aevi Carol. 2: 271 y 318-319; J. Martínez, Rubén Florio (coord.), Antología del latín cristiano y medieval: Introducción y textos.  EdiUNS, 2006, págs. 60-61.
[4] Texto en W. Wattenbach, Deutschlands Geschichtsquellen im Mittelalter. 5ª ed., Berlin, 1885, 1: 260-261.
[5] Alguna vez he contado mi sorpresa, de joven, en una iglesia griega ortodoxa, al ver pintado junto con sus grandes santos doctores Cirilo, los Gregorios, Basilio y el Crisóstomo, al ‘Santo Patriarca Focio’. ¡Focio, el gran responsable oriental del Gran Cisma! Un pope venerable que allí cerca rezaba me lo explicó: «Santidad = servicios prestados a la Iglesia».
[6] J. Moya, o. cit., págs. 487-490.
[7] J. Moya, o. cit., págs. 505-507.
[8] Fue la primera canonización papal de una figura regia. La esposa y viuda de Enrique, la emperatriz santa Cunegunda de Luxemburgo (m. 1040), tuvo que esperar algo más, hasta 1200.
[9] El último carolingio fue Luis V el Tartamudo, m. en mayo 987, a la edad de 20 años, tras un reinado efectivo de meses. Sin duda por eso pasó a las crónicas con la nota Nihil fecit (Nada hizo), mal entendida luego como sobrenombre, el Holgazán, calco de los últimos merovingios, los ‘reyes holgazanes’.
[10] Historia Francorum Senonensis (siglo XI; en MGH SS, 9: 386): «Hic deficit regnum Karoli Magni».  Los capetos más bien pretendieron un Imperium Francorum, donde los carolingios decaen pero los francos siguen. De hecho, los bizantinos seguían hablando de los francos –nombre que por todo Levante vino a significar ‘europeo’ hasta el siglo XX. Tampoco se habló de carolingios hasta el siglo XI.
[11] Ditmaro, Chronicon. 4, 47.
[12] Ademaro, Historiae Francorum, 3, 31.
[13] Anales de Hildesheim, Parte III, año 1000.
[14] Ditmaro, o. cit., ibid.; cfr. Ademaro, l. c.
[15] Cronicon Novalicense, 3, 32. Testimonio puesto en boca del conde por los muy fabuladores  monjes de Novalesa, afueras de Turín (entre 1027-1050). Al final del libro III; en MGH, SS Rer German in Usum Schol. Ed. G. H. Pertz, Hannover, 1846.
Otón II
[16] Es patente el parecido entre las representaciones del Evangeliario de Otón III y el Otón II en majestad del Registrum Gregorii (Museo Condé, Chantilly), donde las provincias-reinas oferentes, dos a dos, asisten al trono. Ver fig. adjunta.
[17] Eso sin contar los prodigios o presagios que Eginardo incluye al final de la Vida de Carlos, a imitación de Los XII Césares de Suetonio.
[18] Sobre cadáveres sentados, cfr. Diana Gergova, “The eternity of the Burial Rite. The throne and the sitting Deceased.” Sobre corpulencia y estatura, según Ademaro, la corona del difunto Carlomagno era demasiado grande, incluso para la cabeza de un canónigo de Aquisgrán que se la probó. Y el mismo individuo midió su pierna con la del cadáver, que resultó más larga. Con el inconveniente de que se le partió la suya y el resto de su vida anduvo renqueando.
[19] Se puede escribir Teófana o Teofanía, en femenino, aunque el nombre griego de esta señora era Teofanó Sklirena.
[20] Ch. G. F. Walch, Historia canonisationis Caroli Magni. Ienae, 1750, pp. 95-98.
[21] Super aspidem et basiliscum ambulabis, et conculcabis leonem et draconem (Salmo 90: 13). La anécdota tiene todos los visos de apócrifa, por incongruente y no documentada, aunque la escena está pintada en la ‘Sala de Reyes’ del Vaticano, al fresco de Giuseppe Porta, con inscripción explicativa.

 (Concluirá: San Carlomagno en España)