sábado, 10 de septiembre de 2016

Tradición y Escritura judías: la salsa y la perdiz



Confieso que he tenido mis dudas sobre si el tema abierto en la entrada anterior puede interesar hoy aquí razonablemente. Me las ha quitado la noticia de que en San Sebastián, capital cultural vasca y europea, se inaugura la Universidad Islámica de EuropaDe momento hay poco calor para bautizarla en vascuence, Europako Islamiar Unibertsitatea. Virtual por ahora, ya veremos. Impartirá enseñanza en árabe, aun siendo sucursal o filial de la Islamic University de Minnesota, que lo hace en inglés. ¿Subvenciones del Gobierno Vasco? Hombre, a poco que cuelguen algo de eusquera por las paredes, seguro que caen. (Las subvenciones, quiero decir.) ¡Ah!: su Islam es del bueno.
Así que razón de más para propinarnos un sorbo de Judaísmo –también del bueno–, siquiera como punto de comparación, ya que fue la religión madre del Cristianismo, que nació en su seno, siendo el Islam un recién llegado, como quien dice.
Antes de entrar en materia, no estará de más un ligero chapuzón en el método de la ‘Ley Oral’ judía (Talmud), paralela a la ‘Ley Escrita’ (Pentateuco y demás Biblia Hebrea). Y para facilitar la cosa, pondré los tecnicismos en fonética castellana.
En una y otra Ley –Talmud y Biblia–, el rabinismo reconoce y distingue dos grandes géneros de expresión: histórico o narrativo (agada o hagada), y legal o preceptivo (halaca). El paralelismo entre ambas Leyes es comunicante: el Talmud se acerca a la Biblia para entenderla por vía de investigación o ensayo (midrás), respetando los dos géneros, narrativo y preceptivo [1].
Todo esto puede sonar extraño, y en rigor filológico lo es. Pero quiero adelantar una conclusión interesante: gracias a la mecánica extenuante del midrás, tanto el agádico como el haláquico, el Judaísmo racionalizó a su manera  el objeto de estudio, abriendo camino a la crítica, que en religión es autocrítica. ¿Qué significa exactamente ‘Verdad Revelada’? ¿Qué representa el ‘Libro’?
Judíos y cristianos –rencilla doméstica aparte– han hecho esa autocrítica. Hay una tercera ‘religión del Libro’ que aún no la ha hecho, y es el Islam. Prosigamos.  
Los relatos agádicos tuvieron enorme importancia en la enseñanza y pastoral  rabínica, para explicar la Biblia y prácticamente para explicar cualquier cosa, sagrada o profana, para moralizar o edificar, para entretener...
Muchos relatos de la propia Biblia son de este género narrativo. La Hagada por excelencia es la Leyenda Pascual judía, que el paterfamilias recita cada año a las generaciones familiares reunidas en banquete, refiriéndo entre sorbos de vino y bocados de cordero con ensalada la liberación del Pueblo de Dios de la esclavitud en Egipto por mano de Moisés, tal como cuenta el libro del Éxodo.


Ronda de copa pascual, en un Haggadah asquenazi - S. XIII, Norte de Francia
¿De qué puede tratar la agada? De todo. La misma Wikipedia pone una excepción, que tampoco lo es del todo: el precepto legal o halaca. Cierto, la preceptiva legal tiene su tratamiento y método propio. Sin embargo, también un precepto se puede comentar indirectamente por vía de agada o parábola.
Halaca y agada son los dos métodos básicos del Midras o ensayo sobre la Torah y la Biblia Hebrea. Si un midrás versa sobre cuestiones legales usará sobre todo el método haláquico. Si no, será midrás agádico. Aunque por supuesto, también los hay del género mixto, o Groucho Marx no sería judío [2].
A la razón por el despropósito
Algunas cuestiones que se plantean en las Escuelas de allá arriba –‘disputas en el firmamento’: las mismas que simultáneamente se han de resolver aquí abajo– son realmente peliagudas. He aquí una anécdota que recoge R. Manasés de Recanati (siglo XIII) en su cabalístico Comentario al Pentateuco (obra muy perseguida por la Inquisición), acerca de Rabí Simeón ben  Yohay llamado el Justo (floreció en el siglo II):
Iba una vez R. Simeón a Tiberíades. Por el camino se le apareció el profeta Elías, y tras el saludo, le preguntó:
–¿A qué estudios se dedica ahora el Dios Santo, bendito sea, en el firmamento?
–Está estudiando la asignatura de las Ofrendas, y ha dictado algunas novedades.  Precisamente por eso, y porque te llaman ‘el Justo’, he venido a tu encuentro a saludarte. Porque quiero preguntarte una cosa, para que se pongan de acuerdo todos en las Escuelas del Firmamento. Se trata de una cuestión que ha surgido: “si también en el otro mundo se come y se bebe”. Pues escrito está (Cantar, 5: 1): “Vengo a mi jardín, hermana mía, esposa, he comido de mi miel, he bebido de mi vino”. El que no come ni bebe, ¿diría tal cosa?
Preguntó R. Simeón:
–¿Y qué ha respondido Dios a esto?
–Dios ha dicho que la respuesta debe darla Ben Yohay. Por eso vengo a preguntarte.
Este relato es uno de tantos en pro de la autoridad de los Sabios de Israel, que podían darle ideas y consejos al mismo Dios. Y aunque la anécdota es de un libro medieval, refleja una tradición muy antigua y autorizada. Esta otra ya no es de libros particulares, sino del Talmud, en su tratado Baba Metsi‘a (La Puerta Mediana). Aquí Dios se rinde a la dialéctica de sus Sabios y les vitorea.
La disputa del ‘Horno Serpentino’
La Escuela rabínica o Bet Midrás para el estudio de la Ley judía se constituyó durante el medio siglo largo que va desde poco antes de reinar Herodes I el Grande (37 a. de JC) hasta los años 20 de nuestra Era, poco antes de acceder al gobierno de Judea Poncio Pilato. Jesús era por entonces un joven galileo buscando su sitio entre un conjunto de líderes espontáneos y reformadores al margen de la Escuela.
Escuela que, desde el principio (y aun antes) se divide en dos ‘casas’ rivales, la de R. Hillel y la de R. Shammai. Shammai era conservador de las tradiciones legales, pues Moisés en el Sinaí recibió de mano de Dios la Ley Escrita, y de su boca la Ley Oral mediante una Bath-qôl (‘hija de la voz’), un ‘Eco’ de arriba. Por el contrario Hillel, que fue Jefe del Gran Sanhedrín, no creía tanto en ‘ecos’ ni en la fijeza inamovible de la Ley Oral, y para resolver dudas legales, incluso de forma innovadora, introdujo una especie de investigación racional a su manera: el midrás.  
La escuela de Shammai tuvo por segundo jefe a R. Eliezer. A R. Hillel en la suya le sucedió R. Josué. La diferencia entre ambas escuelas podemos ilustrarle mediante una cause célèbre. Célebre por la endeblez del caso mismo, y célebre por su presentación en una historieta o midrás haláquico contada en el Talmud.
Alguien había construido un horno. A primera vista, un horno como otro cualquiera, a base de bloques labrados y colocados en hiladas. Sólo que el horno en cuestión entre bloque y bloque llevaba arena.
El texto talmúdico, muy escueto, no precisa la materia y forma del horno, como dando por supuesto que todo el mundo estaba al cabo de la calle. Aun así, hasta aquí lo entiende cualquiera, sea cristiano, judío ortodoxo o judío a secas. Lo que tal vez entienda menos el no judío es que esa diferencia en el aparejo –con o sin arena– pudo ser objeto de debate teológico-legal. El judío a secas explicará inmediatamente que sí, que para un correligionario ortodoxo cualquier cosa, por trivial que parezca, es cuestión de conciencia, y este era el caso. Un horno de recibo tiene que ser puro. De lo contrario, todo lo que se cueza en él se contamina de impureza. Pero, ¿qué es eso de horno puro o impuro?
Preparativos pascuales, incluído el asado al horno - Haggada Rylands (Barcelona, siglo XIV)
Cualquiera algo versado en Talmud se ha dado cuenta de que estamos hablando del famoso ‘horno serpentino’ (tannûr caknaí). La definición común, por ejemplo, en el diccionario de A. Elmaleh, es “el compuesto de tejas cementadas con arena”. Y la explicación del nombre es “porque ese horno ha sido tema de nunca acabar, dándole vueltas y más vueltas, como una serpiente enroscada” [3].
Sin embargo, el texto no habla de tejas, sino de bloques formados (¿ piedra arenisca, ladrillos, adobes?), sin explicar por qué aquello pudo sugerir algo parecido a culebras. Más que la arena interpuesta, la idea de horno ‘serpentino’ pudo darla la forma de las hiladas. (Lo de ‘serpentino’ por la prolija argumentación circular fue sin duda una explicación humorística secundaria.)
Como es sabido, hay dos formas elementales de montar una cúpula: en hiladas circulares concéntricas decrecientes, o bien en hilada única espiral centrípeta. Así me parece que entiende Eisenmenger la distinción [4].
Pongamos que el horno en cuestión era del primer género: hiladas circulares. Llamados los Sabios del Gran Sanhedrín a consulta, sólo R. Eliezer declaró que aquel artefacto era puro. Todos los demás. encabezados por R. Josué, dijeron que no, que era impuro. Es sabido que al Dios de la Torah no le gustan las mezclas, como podría ser aquí piedra o ladrillo con arena. Pero tal vez hubo otra razón. ¿Por qué impuro? ¡Hombre!, basta con abrir lo ojos. Cada hilada circular les recordaba a los sabios un uróboro: la serpiente que se muerde la cola. ¿Y qué más impuro que la serpiente? Por eso, o por lo otro, los sabios declararon que el horno de tal hechura era ‘serpentino’, y por tanto impuro, no apto para cocer pan ni viandas, ollas, vasijas, nada.
Pero sea por el mortero, o por las hiladas, no perdamos más tiempo, que lo sustancial es lo que sigue:
R. Eliezer se pasó la jornada alegando todas las halakas o dictámenes del mundo en su favor, pero no las admitieron. Entonces él reparó en un algarrobo que allí había y le pidió testimonio: “Si tengo razón, que lo demuestre este algarrobo”.
El árbol se desprendió del suelo y se desplazó 100 codos (otros dicen, 400). Pero los demás replicaron que un algarrobo no era quién para demostrar nada.
R. Eliezer insiste: “Si tengo razón, que lo demuestre ese arroyo”.
Y en efecto, la corriente del arroyo invirtió su curso. Pero ellos replicaron que una corriente de agua tampoco demuestra nada. Vamos, que ni el arroyo ni el algarrobo tenían vela en tal entierro.
R. Eliezer no se achica –¡y mira que lo que va a decir es un atentado grave  contra el edificio mismo de los leguleyos rabinos!–: “Si tengo razón, que lo demuestren las paredes de esta Academia.”
Al punto las paredes de la escuela talmúdica se desaplomaron, amenazando ruina.
R. Josué reprochó a las paredes: “Si los Discípulos de los Sabios debaten una halaca, ¿a vosotras qué os va ni os viene?” Y por respeto a R. Josue, las paredes no se cayeron; pero tampoco se enderezaron, por respeto a R. Eliezer.
El cual apostó este órdago: “Si la halaca es como yo digo, que lo demuestre el Cielo.”
Y una voz de arriba dijo: “¿Quiénes sois vosotros al lado de R. Eliezer, cuya halaca rige en todas partes?”
Definitivo, ¿no? Eso parecía, hasta que R. Josué se levantó y dijo: “No están en los Cielos”. Y volvió a sentarse sin añadir palabra, dejando a todos suspensos.
¿Qué había querido decir con eso? R. Jeremías lo explicó a su manera: “En lo antiguo, la Torah se nos dio desde el monte Sinaí, y no mediante un eco (bath-qôl) de lo alto.” Y añadió: “Por cierto, en lo antiguo algo se escribió en el monte Sinaí, en la Torah, acerca de «errar siguiendo a la mayoría» (Éxodo, 23: 2).

La frase de R. Josué era una cita de Deuteronomio, 30: 12; sólo que tan escueta, que sólo R. Jeremías supo reconocer el pasaje. En el texto citado, Dios dice que su Torah está al alcance del pueblo judío. “Mis mandamientos no están el el cielo, ni allende la mar. Los tienes a mano. Mi Palabra la llevas en tu boca y en tu corazón, sólo tienes que ponerla en práctica.”
En nuestra lógica, R. Josué blasfemaba. Ya no era pasar de algarrobo, de agua corriente o de paredes de escuela. Era poner en entredicho al mismísimo Dios. Tal vez por eso R. Jeremías se cura en salud, alegando un texto de Éxodo: “No peques porque lo hace la mayoría, ni en el juicio te inclines por la mayoría en contra de la justicia”.
¿Con que Dios se dio por vencido? No quepa duda. Incluso hay un cuentecillo que lo confirma. Hemos visto como los más santos entre los sabios judíos, cuando iban de camino solían tener apariciones y revelaciones sobre sus asuntos profesionales. Uno de los correveidiles celestes era el profeta Elías.
Pues bien, a R. Natán una vez se le hizo encontradizo Elías a darle conversación. Vino a cuento la ‘Disputa del Horno Serpentino’, y el rabino aprovechó para preguntar lo que más le intrigaba:
–¿Y qué hizo entonces el Dios Santo, bendito sea?
–¡Por vida tuya! Repetir y repetir: «¡Vencedores mis hijos! ¡Vencedores mis hijos!”...
Según este disparate talmúdico, Dios estaba de parte de R. Eliezer, y así lo hizo ver con varios milagros. Pero el conjunto de los ‘Discípulos de los Sabios’ –era como los propios ‘Sabios’ se referían a sí mismos, por modestia– derrotó a Dios dialécticamente. Y Dios embelesado: “¡Pero qué listos son estos hijos míos!”.

'Dijo R. Eleazar'...  
Viñeta del maestro ilustrando una de sus halacas
El sabio Eliezer no sólo quedó mal, sino que, según el Talmud, fué excomulgado y desterrado –concluye Eisenmenger [5].
Saquemos nosotros algo positivo. La referencia a “equivocarse con la mayoría” no puede ser más oportuna en estos tiempos hiper democráticos del ‘Herr Omnes’, o Don Todos, que decía Lutero. El texto bíblico alegado por R. Jeremías (Éxodo, 23: 2) recomienda guiarse por la razón y la equidad, no por la opinión y juicio paralelo de la mayoría.
Dios también llora
Aquí es inevitable recordar la falsa etimología de Baalbek: “donde Baal lloró”. Baalbek es un sitio maravilloso en el Líbano, y el sentido aparente del topónimo es ‘Señor de la Bek’a, o sea la divinidad del Valle del alto Orontes.
Pero las etimologías falsas –mucho más que las verdaderas– generan mitos etiológicos y ecos lejanos. El hecho es que el Talmud habla de Dios que llora, y llora inconsolable. ¿Por qué puede llorar Dios? Al menos, por cinco cosas:
1. En primer lugar, por la destrucción de su Templo en Jerusalén, un desahucio que le dejó a la intemperie.
2. Por el destierro y dispersión de su Pueblo elegido, que es como destierro y dispersión del mismo Dios.
3. Por los que estudian la Torah: porque los capaces de estudiarla no la estudian; y en cambio, los negados se aplican a estudiarla.
4. Porque a la Comunidad Judía le salga un Presidente arrogante.
5. Finalmente, por la muerte de Moisés, que no entró en la Tierra Prometida.
Cuestión previa
¿Cómo, que Dios llora? R. Papa dijo que en Dios, bendito sea, no cabe tristeza; y citó 1 Crónicas, 16: 27. Respuesta:
Esta propuesta no es sostenible, porque una cosa son sus moradas secretas, donde Dios llora, y otra sus moradas exteriores o visibles. Dios no llora en público.  Para llorar dispone de un lugar secreto llamado el mistorin –lo que nuestros clásicos llamaban ‘retrete’–, por alusión a un texto de Jeremías, 13: 17). [ … ]
¿No llora Dios también en las moradas exteriores? No, y texto al canto, Isaías, 22: 12), etc. (1: 16)
Aclarado este punto, vamos con los motivos de la llorera.
Dios llora por su Templo y por su destierro con su Pueblo
'Destrucción de Jerusalén y su Templo por Tito''
Gran mural del 'nazareno'  Wilhelm von Kaulbach (1846) - Neue Pinakothek, Munich

Aquí Eisenmenger transcribe larga cita del libro Rabboth, con el relato de un Dios apesadumbrado despidiéndose que su morada terrestre, su amado Templo que van a incendiar los gentiles. Se percibe una reminiscencia del texto famoso de Tácito (5, 13):
«Acontecieron prodigios, que ni con sacrificios ni con votos se permite expiar esta gente, tan dada a la superstición como contraria a toda religión. Viéronse por los cielos enfrentamientos de tropas, armas rutilantes, y de pronto, en fuego de nubes, el Templo iluminado. Ábrense de repente las puertas del santuario, y se oye una voz sobre humana: «¡Los Dioses se van!», junto con el estrépito de los que salían… »
Tácito añade que entonces salieron a luz muchas profecías antiguas que guardaban los sacerdotes judíos. Cfr. Isaías, 19:14.
El historiador judío Flavio Josefo da su versión. En la fiesta de Pentecostés, reunido el colegio sacerdotal en el Templo interior, sintieron una sacudida y una voz procedente del Sancta Sanctorum: “¡Vámonos de aquí!” (La Guerra Judía, 6, 299).
Algo parecido se lee en Yaljut Shimoni sobre las Lamentaciones de Jeremías (1:20):
«En la hora en que se juntaron los gentiles y prendieron fuego a la Casa del Santuario, el Santo (bendito sea) estaba sentado llorando, y dijo: “¿Qué hago?” Asaf se reunió con él y le dijo: “¡Oh Señor del mundo! Tu casa arde en pompa, ¿y tú estás ahí sentado? Levántate, sal de tu casa. (Y le citó el Salmo 74: 3).
En la misma hora se juntaron todos los profetas en marcha a Jerusalén para consolarle.»  
Otra dramatización del pesar de Dios por su Templo. En el prólogo de Lamentaciones Rabba se cuenta:
Cuando Dios procuró la destrucción del Templo, dijo:
–Mientras yo esté aquí dentro, los pueblos del mundo no lo tocarán.
Así lo juró por su mano diestra. Luego escondió la mano, y al punto entraron los enemigos al Templo y lo quemaron.
Una vez quemado, dijo Dios:
–¡No tengo morada en la tierra! Voy a retirar de allí mi Presencia (Shekina) y me mudo arriba, a mi lugar de antes.
Entonces Dios lloró exclamando:
–¡Ay de mí, qué he hecho! Yo mudé mi Presencia abajo, en atención a Israel, y ahora que ellos han pecado tengo que regresar a mi lugar de origen, siendo el escarnio de los gentiles, de los burlones y de las criaturas.
A la misma hora vino el Metatrón, que postrado de bruces dijo en su presencia:
–¡Oh Señor del mundo!, yo soy quien debo llorar, no Tú.
Dios le respondió:
–Si no me dejas llorar, me encerraré allí donde tú no puedes entrar, y allí lloraré.
Dijo entonces Dios a los ángeles del servicio:
–Venid y vayamos juntos a ver qué han hecho los gentiles en mi Casa.
Así lo hicieron, y cuando Dios echó un vistazo por el Templo dijo:
–Sin duda esta es mi Casa, este es mi Reposo. donde han entrado los enemigos y han hecho como han querido.
Y Dios se echó a llorar diciendo,
–¡Ay de mí, que no tengo Casa! ¿Donde estáis, hijos míos? ¿dónde, mis sacerdotes?  ¿dónde, mis amigos? ¿Qué hago ahora con vosotros? Os lo advertí, pero no lo habéis reconocido.
Y vuelto Dios al profeta Jeremías, le dijo:
–Ahora yo soy como un hombre que tiene un hijo único, al que le organiza la boda, y en plena celebración se le muere… Ve y llama a Abraham, a Isaac, Jacob y Moisés de sus tumbas, para que me acompañen en el duelo.
El profeta (Jeremías) le replicó:
–Amo del mundo, yo no sé dónde está enterrado Moisés.
Dios le dijo:
–Ve y ponte en la orilla del Jordán, levanta tu voz y llamas: “¡Hijo de Amrán, hijo de Amrán! Levántate y mira tus ovejas  devoradas por los enemigos.”
Jeremías se dirigió al lugar de la Cueva Doble –la Macpela, que ya visitamos nosotros en una ocasión– y dijo a los Patriarcas del mundo:
–Levantaos, que es llegada la hora de que comparezcáis ante Dios.
–¿De qué se trata?– preguntaron.
–No lo sé.
Fue una evasiva, por si le decían: “Esto les ha ocurrido a nuestros hijos en tu tiempo de profeta”.
Jeremías les dejó, y una vez llegado a la ribera del Jordán hizo la llamada a Moisés:
–¡Hijo de Amram, hijo de Amram, levántate! Es hora de que comparezcas antes Dios.
–¿Qué ha cambiado desde lo de antes? ¿Para que se me cite ante Dios?
–No lo sé.
Moisés se dirigió a los Ángeles de servicio, a los que ya conocía de cuando se dió la Ley, y les dijo:
–Servidores del Altísimo, yo no sé por qué se me cita ante Dios.
–Hijo de Amram, ¿es que no sabes que el Templo ha sido destruido y que los Hijos de Israel han sido llevados cautivos?”
Él exclamó y lloró, hasta encontrarse de nuevo con los Patriarcas del mundo, quienes al punto  también se rasgaron los vestidos, y llevándose las manos a la cabeza se pusieron a dar gritos y a llorar a las puertas del Templo… Así anduvieron de puerta en puerta llorando, como un hombre que tiene delante el cadáver del hijo muerto.
Dios, por su parte, se lamentaba (refiriéndose a sí mismo):
¡Ay del Rey dichoso de joven y desgraciado de viejo!
«Fábula similar se recoge también en Yalkut Shimoni, sobre las Lamentaciones, y en el libro Zeena ureena, donde hay también otras sobre lo mismo» –concluye nuestro autor–, con referencias a Dios despidiéndose de su amado Templo, besando paredes y columnas deshecho en llanto, repitiendo:
–¡Adiós, shalom, Casa de mi Santidad! Shalom, Reino mío! ¡Shalom, paredes de mi Palacio! ¡Adiós en paz, shalom para siempre!... [6]
Digresión: Cómo se desata Dios de sus juramentos
De excursión al monte Sinaí
En la Biblia se lee que Dios a veces hizo una cosa y luego le pesó: « Me pesa de haber creado al hombre y voy a destruirlo, junto con lo que creé para él». También se habla de decretos divinos que luego no se cumplen, como este mismo del Diluvio, porque «Noé halló gracia a los ojos de Dios». Recordemos también la destrucción de Sodoma y el regateo entre Abraham y Dios para librar a su pariente Lot. Igualmente leemos de promesas y juramentos divinos que no surten efecto. Lo extraordinario es saber por la tradición rabínica que es se hace mediante dispensa.
He aquí al respecto una anécdota talmúdica curiosa y hasta divertida:
Dice Rabba el nieto de Hanna:
“Una vez me dijo un caravanero:
–Vente conmigo, que te muestro el Monte Sinaí.
Una vez allí, vi el monte totalmente rodeado de escorpiones erguidos sobre sus patas como asnos blancos. Entonces oí un eco o voz celeste:
–¡Ay de mí, que lo he jurado! Y una vez jurado, ¿quién me absolverá del juramento?”
Esto se lee en el tratado Baba bathra del Talmud y en el libro ‘En Israel. Ahora bien, el Talmud añade que cuando Rabba contó su cuento a otras personas, le dijeron que el asno era él, y además bobo, por no haber desatado a Dios de su voto y juramento pronunciado a causa de la destrucción del Templo [7].
La burla al tal Rabba se entiende mejor sabiendo que, en efecto, Dios tiene a alguien (claro que ese alguien no era Rabba) encargado precisamente de desatarle los votos y juramentos que a veces se le escapan en un pronto. ¿Quién es esa especie de canónigo penitenciario de la Curia divina?:
«Es un ángel que se mantiene boyante entre el cielo y la tierra. Su nombre es M”i, y él anula los votos del Dios Santo, bendito sea. Cuando Yahweh de Sabaoth decide algo en su Consejo, si luego Dios se arrepiente, entonces interviene M”i y lo anula».
Miniatura con el pronombre 'mi'

Nótese que mi, como pronombre hebreo-arameo, significa quién, alguien, o cualquiera. De ahí el chascarrillo a cuenta de Rabba y su experiencia en el Sinaí.

Cuando Dios se arrepiente
Si realmente existe el mal, surge el problema de explicar su origen. Sin entrar en tema tan peliagudo, recordemos que que Talmud recoge la doctrina del ‘instinto’ (yetser), que es doble y antagónico: instinto bueno e instinto malo. Ambos injertados en el primer hombre Adán por Dios cuando le formó. Porque aunque la Biblia no lo dice expresamente, ni insinúa siquiera que nuestros malos instintos sean obra de Dios, hay una pista sutil que no escapó a la sagacidad de los sabios.
"Y fformó Yahveh Dios..."
Abramos el Génesis y vayamos al segundo relato del origen del hombre. En el primer relato (1: 27) se dijo que Dios le ‘creó’ (bara’); en el segundo (2: 7), que lo ‘formó’ (yetser) de polvo de tierra rojiza. Pues bien, si nos fijamos –pero ha de ser en el texto hebreo–, la palabra ‘formó’ lleva dos y griegas (vayyitser), en vez de una sola que sería lo correcto. Como si dijera, “y fformó”. ¿Es que Dios anda flojo de ortografía? No; es que esa doble yy está preñada de sentido: es la doble forma, el doble instinto, bueno y malo (yetser tob, yetser rac). Lo dice el Talmud (Berakhoth, 61, 1):
«En la doble yod, los dos instintos creó el Santo, bendito sea»
Ni diablo tentador, ni pecado original. Para pecar, como para obrar bien, el hombre se basta él solo, porque Dios se lo puso dentro. Y eso lo llevan también los ángeles, por lo cual los hay buenos, mediocres y malos. El peor de todos, Samael, es todo él puro ‘instinto malo’. Es el Ministro de Asuntos Demoníacos.
El primer relato de la creación (Génesis, 1) es optimista: «Dios pasó revista, y todo estaba bien, todo era bueno». Este segundo relato (Génesis, 2 y lo que sigue) abre una saga de desastres, todo a cuenta del ‘instinto malo’, hasta el punto de constatar el Creador que «el hombre ya sólo se movía por el malhadado yetser rac, y en su enfado se arrepintió» de aquella obra maestra. Un arrepentimiento tan profundo, que alcanzó a todas las demás criaturas inocentes, que ni idea tenían del tal yetser rac (Génesis, 6: 5-6).
Menos mal que en seguida Dios vuelve a arrepentirse, y aunque decreta el Diluvio,  ya no será  para extinción, sino para escarmiento. Escarmiento relativo, porque ahora Dios ya sabe que la humanidad no cambiará de como él mismo la hizo (Génesis, 8: 21).
Para concluir (con una puntada a los primos semitas):
«Cuatro cosas hay, por las que a Dios le pesa cada día haberlas creado: los caldeos, los ismaelitas, la diáspora judía y el instinto malo» (Yalkut Shimoni, sobre Job, 147, 2: 906) [8]

Dios sin templo, Dios destemplado
«Cuando los ángeles le recuerdan al Santo (bendito sea) la destrucción de su Santuario, su Divina Magestad pierde la calma, hasta que se encierra en su Paraíso y allí se solaza con los justos.» (Yalqut Hadash)
«Antes de la destrucción del Templo, Dios Santo bendito sea jugaba con Leviatán; pero desde la destrucción, ya le aburre el juego.»  (Yalkut hadash, del Talmud, trat. Avoda Sara.)
«Tres vigilias tiene la noche, y en cada una de ellas Dios se sienta y ruge como león: “¡Ay de mí, que he destruido mi Casa y he quemado mi Templo, y he desterrado cautivos a mis hijos por las naciones del mundo!” (Berakhot, 3: 1)
«Se nos enseña que desde el día de la destrucción del Templo no pasa día en que no le dé una rabieta mala. ¿Por qué razón? Porque como dijo R. Yodai, citando a R. Yesa: “Dios tiene jurado que no accederá a la Jerusalén alta hasta que Israel acceda a la Jerusalén de abajo”. (R. Judá en el Soar Vayiqra).
Este último texto fue uno de los que inflamaron a las tropas israelitas en la toma de Jerusalén, como un profecía cumplida. Para muchos judíos, el paso pendiente es la restauración del Templo. Aunque sólo sea por que Dios disfrute de mayor desahogo, ya que:
«Desde la ruina del Santuario, el Santo (bendito sea) dispone en todo su mundo de un espacio de cuatro codos solamente.» (Talmud, Berakhot, 11, 1).
Las Lamentaciones de Jeremías y el Cantar de los Cantares se dan la mano para ofrecer una imaginería pintoresca sobre el estado anímico de Dios, que desde la destrucción del Templo no se sienta en su trono, y vaga a la intemperie cubierto de rocío, como el Esposo de los Cantares (Cantares, 5: 3), rondando a su novia la Sinagoga y la Escuela judía:
«Desde el día en que el impío Nabucodonosor subió a destruir mi Casa y quemó mi Templo, y dispersó a mis hijos por los pueblos del mundo en la miseria, juré por tu vida y por vida de mi Cabeza que no volveré a mi Trono. Y si no lo crees, mira mi cabeza empapada en rocío».

Trofeos del Templo de Jerusalén - Arco de Tito, Roma
Cierto, el relato bíblico habla de incendio del templo, en la segunda toma de Jerusalén por las tropas babilonias, en el contexto de un incendio general de la ciudad. Pero es improbable que el rey, por impío que fuese, ordenó destruir el templo, porque eso no solía hacerse. Vaciarlo y llevarse a los dioses cautivos junto con su ajuar, eso sí. Lo mismo ocurrió en la destrucción del II Templo por los romanos, como puede verse en el Arco de Tito. El problema que planteaba el templo judío a los goyim o gentiles era si aquello era realmente un templo, al no contener ídolo, betilo ni representación alguna de la divinidad.
Digresión: Las causas de los terremotos
Ya en la I Destrucción del Templo, la consecuencia fue un malhumor constante de Dios, que no lo descargaba en su publo judío, ni en el difunto rey babilonio que les cautivó, sino en la tierra entera, en forma de seísmos (Sohar Vayicra):
“R. Judá dice que sabemos por tradición, que desde el día de la destrucción del Templo, no pasa día  en que no le dé un ataque de furia peligroso. De ahí los terremotos.”
Otra versión más sensible de lo mismo, donde la cólera cede protagonismo al llanto:
«Cada vez que el Santo (bendito sea) se acuerda de sus hijos, cómo malviven afligidos entre las naciones del mundo, vierte un par de lágrimas al mar océano, y el estruendo que producen al caer, perceptible en el mundo entero, da origen al terremoto.» (Talmud, Berakhot, 59, 1)
Dos lágrimas, o mejor tres, según R. Eliezer, si se atiende al texto hebreo de Jeremías (13: 17), donde tres veces se repite el concepto:
«La primera por el primer  Templo, la otra por el segundo, y una más por los israelitas desterrados de su patria» (Talmud, Chagiga, y Yalqut Shimoni, sobre  Isaías)
En el Talmud y Sabios de Israel se repite la idea de que los terremotos siguen siendo una expresión de la cólera divina también por la destrucción de su II Templo como casa. No la única. En 2010, tras los terremotos de Haití, salió a luz un texto del Talmud de Jerusalén (Berakhot, 9, 2) con una lista de malas prácticas que irritan a Dios y hacen que tiemble la tierra. Entre ellas se hacía hincapié en el sexo gay, al lado del choque de poderes, o el impago de impuestos (diezmos, primicias), y por supuesto, que en Jerusalén el Monte del Templo siga sin templo, mientras alrededor se levantaban teatros y circos.
Así lo reveló el profeta Elías, en una de sus apariciones –esta vez a R. Nehorai:
–¿Cuál es la causa de los terremotos?– le preguntó Elías.
–Son por culpa de los que no pagan rendimiento del trabajo personal ni diezmos.
Y el rabino dió al profeta una explicación haláquica, citando el Salmo 104: 32: “Dios mira la tierra y esta tiembla; toca los montes y echan humo”.
A Elías le pareció bien la halaka de R. Nehorai. Pero dio más importancia a la ruina del Templo en una tierra conquistada donde prosperaban circos y teatros.

Por su parte, R. Aha achacó esos fenómenos geológicos al choque de poderes, como cuando el rey Ozías se enfrentó al sacerdocio para ofrecer incienso en el Templo, y se produjo un terremoto (2 Crónicas, 26: 16-23). Igualmente se refirió a algún tipo de homosexualidad, aunque en este punto su halaka no estuvo tan clara.
Dios llora por el estudio de la Ley
La escuela de R. Gamaliel - Haggadah de Sarajevo
San Pablo se decía discípulo suyo (Hechos 22: 3)

La escolarización en Torá y Talmud es tan importante que ningún buen judío se libra. El que no estudió en esta vida, en la otra tendrá su oportunidad de iniciarlos o completarlos:  
“El que en vida dio algo a los que enseñan Torah y se portó bien con ellos, aunque sea un patán, después de muerto le instruirán”.
Pero para estudiar hacen falta libros. Por eso también esos difuntos los tendrán, como dice el Sefer Hasidim (el Libro de los Piadosos).  
“A este propósito, corre una historia de unos forasteros que yendo camino del cementerio un sábado por la noche, vieron allí dentro a un judío con un libro sobre una mesa y leyendo.”
Este acceso indiscriminado a estudios tan serios tiene su inconveniente, como lo vemos también en nuestras universidades masificadas, que acogen a mediocres y ahuyentan a la excelencia. Y eso hace llorar a Dios por su Torah:
“Porque los capacitados no la estudian, dejando esa labor para los zotes.”
Ciencia infusa y amnesia total: la función de la escritura
Tal vez lo más desconcertante del rabinismo, que tan proverbial cuidado puso en la transmisión del texto bíblico, es la facilidad rayana en desparpajo con que se manejan los textos de la Biblia, puestos al servicio de la diatriba midrásica.
No se trata sólo (que también) del recurso a la alegoría como método mecánico para hacer más digerible o presentable la Biblia. Eso ya lo hizo el judío alejandrino  Filón, seguido del cordobés Maimónides. Y lo mismo hicieron los padres de la Iglesia, sobre todo en la escuela alejandrina.
En el rabinismo, la cosa es más compleja, como sugiere el cabalístico  ‘Libro  de los Signos’, del Seudo R. ‘Aqiba, a propósito del misterioso Metatrón [9]:
«¿Y por qué se llama Segansegal? Porque en su mano están todos los tesoros de sabiduría, los cuáles se le abrieron a Moisés en el monte Sinaí, hasta que los aprendió todos en un curso de instrucción de 40 días que estuvo en el monte. La Ley bajo 70 aspectos de las 70 lenguas. Los Profetas, los Escritos santos, las Halakas y Aggadas (la Normativa y Narrativa, las Historias de oído (shemuoth, como también las Toseftas (apéndices o añadidos), todo ello también bajo 70 aspectos en las 70 lenguas. Los Profetas, lo mismo, bajo 70 aspecto en las 70 lenguas, y así lo demás, todo en 70 aspectos, en las 70 lenguas…»
Moisés bajando del Sinaí
'Haggadah de Sarajevo' - Barcelona, h. 1350
Las 70 lenguas son las que resultaron de la confusión de la lengua única, como treta que Dios discurriópara frustrar la Torre de Babel. Que toda la revelación bajara del cielo no sólo hebreo, sino en todas y cada una de las lenguas, fue un gesto de amplitud de miras. Podemos entenderlo como que toda ella es traducible a cualquier idioma. Lo de las 70 maneras (en cada lengua), es hueso más duro de roer. Que el ‘Quijote’, por ejemplo, correctamente vertido al chino mandarín, se puede leer y entender en ese idioma de 70 maneras distintas. (Entender las ‘maneras’ como ‘dialectos’ de cada lengua me parece rebuscado.)
Semejante atracón de conocimiento no le sienta bien a cualquiera. De hecho, para el propio Moisés fue como entrarle por un oído y salirle por el otro, y toda aquella ciencia infusa se le fue como le vino:
«Tan pronto como se cumplieron los 40 días de instrucción, en una hora se le olvidó todo. Hasta que el Santo (bendito sea) llamó al Ángel Jefifías, Ministro de la Torah, el cual se la volvió a dar a Moisés de regalo, como se dice (Deuteronomio, 10: 4): “Y el Señor me lo dio”. Desde entonces se le quedó grabada en sus manos de forma indeleble. ¿Que de dónde se sabe esto?» , etc.
Esta especie de tatuaje en las manos no era una mera ‘chuleta’ recordatorio de la Torá abreviada, como podría ser el Decálogo, los Diez Mandamientos. Al contrario, tuvo que ser un prodigio de escritura microscópica, puesto que comprendía toda la Biblia Hebrea y muchísimo más:  
«La Torah  en sentido amplio: Ley, Profetas y Escrituras, más el Derecho (hoqîm), o sea la Halaka, y las Historias (shemu´oth), como también las Sentencias (mishpatîm), o sea la Aggada y la Tosefta; en suma, todo cuanto se le había dicho a Moisés en el Sinaí.»
¿Qué niveles de importancia y aceptación hay en este maremágnum? En pura ortodoxia, ninguno:
«Todo cuanto dijeron nuestros Rabinos (de bendita memoria) en el Midrás y la Haggada, estamos obligados a creer en ello como en la Torah de Moisés (nuestro rabino, que paz haya). Y si alguna cosa se encuentra allí que nos parezca extraña o fuera de naturaleza, nosotros lo achacaremos a nuestra cortedad intelectual, y no a lo que dice el texto. Y el que haga burla de cualquier cosa de cuantas dijeron nuestros Rabinos (de bendita memoria), sea castigado conforme a lo que figura en el tratado ‘Erubim (del Talmud):
“Como dijo R. Pappa citando a Rabba bar Rab ‘Ula: “Todo aquel que hace burla de las palabras de los sabios será atormentado en la Tzo’a Rothahath o  ‘Mierda Hirviente’”.»  
La Tzo’a Rothahat  sería una de las calderas de Pedro Botero, en la sentina del Infierno, donde los condenados se cuecen en salsa excrementicia [10]. Duro castigo, ciertamente, aunque más de uno lo estimará preferible a los expeditivos que amenazan a quienes hacen chistes a cuenta de Mahoma o ironizan sobre versículos coránicos.
Más difícil todavía. Por lo que toca a la Agada y al Midrás, sus relatos no significan lo que parece a tenor de la letra y las palabras, y así lo afirma nada menos que Rambán, o sea Maimónides en su Guía de perplejos (cap. 70). Queda pues abierto el camino a las cábalas y cálculos de la Guematria, hoy en día tan de moda incluso como juegos electrónicos. Todo ello ajeno al auténtico midrás, y rechazado por amplios sectores rabínicos. El problema de fondo es, ¿para qué sirve en religión todo esto?
Conclusión: El valor relativo de lo escrito
Para ponderar la relación entre la Escritura y Tradición oral en el judaísmo, el prof. Miguel Pérez Fernández elige esta sentencia talmúdica [11]:
מקרא מעט והלכות מרבות
Miqra’ mucat vahalakot merubbot
«El texto bíblico es corto, pero la normativa oral es amplísima.»
Y comenta:
«El texto refleja que la Ley Oral sobrepasa en mucho a la Escritura (Una versión más desenfadada podría ser: “Poco texto para tanta normativa”)».
Un poco más desenfadado sería invertir el orden: “Demasiada normativa para tan poco texto”. Poca Biblia para tanta Halaka. Dentro del Judaísmo, es lo que define al rabinismo ortodoxo, donde es más y vale más la salsa que la perdiz.
Sólo que, gracias a esa salsa de receta siempre abierta, el propio judaísmo se abrió el primero a la crítica filológica, por ésta a la autocrítica, y por la autocrítica a la tolerancia.
_____________________________

[1] Aunque la Wikipedia, a día de hoy, avisa no confundir aggadah y haggadah –reservando esta segund a la Leyenda Pascual del Éxodo– son variantes de una misma voz aramea, que significa lo mismo que el ‘apólogo’ o ‘ejemplo’ castellano, y muy parecido a la ‘parábola’. En muchas escuelas filosóficas y en religiones mistéricas, la enseñanza intuitiva por vía de historietas era la ideal para el gran público, a diferencia de la instrucción metódica esotérica, reservada a iniciados,  El inconveniente de las ‘parábolas’ era que el oyente a veces tomaba el rábano por las hojas o pillaba verdades a medias. Así lo reconoció Jesucristo (Mateo, 13: 10-13 y paralelos).
[2] Algunos midrás gozaron de enorme prestigio, mereciendo diez de ellos el nombre de rabbah (grande). Algunos tienen más entrada en la liturgia judía, como el Rabbah de los Cantares, el de Ester o, en nuestro caso, el Rabba de Lamentaciones. Rabboth (Los Grandes) es un modo de llamar al conjunto de los diez grandes midrás: –cinco a la Torah y 5 a los Rollos; bien entendido que son obras independientes.
[3] Abraham Elmaleh, Nouveau Dictionnaire complet hébreu-Français. (Reimpr.)  Yavneh, Tel-Aviv, 1953, pág. 2.584.
[4] O. cit., J. A. Eisenmenger, Entdecktes Judenthum (‘El Judaísmo al Descubierto’). Königsberg, 1711; 1: 14.
[5] Cita también un libro moderno: Macase ha-Shem (‘Hechos del Nombre’, o también ‘Las Obras del Señor’), cap. 135, del cabalista R. Eliezer Askenazi (1513-1586), Venecia, 1583. Este rabino no tiene nada que ver con su tocayo del Talmud.
[6] O. cit., 1: 19-20.
[7] O. cit.,  1: 21. El libro ‘En Yishrael …
[8] O. cit., 1: 35.
[9] O. cit., 1: 56.
[10] Sobre este compartimento del infierno rabínico se explaya Eisenmenger en la II Parte de la obra, cap. 6 (Doctrina judaica sobre el Infierno), págs. 322-369; sobre la Tzo’a rothahath, págs. 335-336.
[11] M. Pérez Fernández, La lengua de los sabios. I. Morfosintaxis (Estella, 1992, pág. 153). La sentencia es del Talmud Babilonio (Hagiga, 1, 8).